Resumen
En el Antiguo Régimen los lugares sagrados fueron escenario de delitos violentos de naturaleza diversa. Las iglesias eran, por un lado, espacios de refugio de delincuentes que se acogían en ellas amparándose en el derecho de asilo, circunstancia que creaba situaciones de conflictividad. Al mismo tiempo, fueron también testigos de diversos actos delictivos, desde agresiones a clérigos hasta insultos, desórdenes y albortos protagonizados en su interior por personas laicas. Pero, sobre todo, abundaron los delitos contra la propiedad cometidos en los lugares sagrados: robos sacrílegos en iglesias, ermitas, conventos o casas de curas, utilizando la violencia, en busca de dinero o alhajas. Eran, no obstante, delitos realizados por individuos aislados, con ganada fama de comportamiento reprobable, o por gente asociada en cuadrilla de malhechores con ánimo de cometer robos y asaltos en casas y caminos.
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