Borja Guinea Errasti
Universidad de Navarra.
ISSN: 2445-0782
DOI: https://doi.org/10.55698/SS48-2025-08
Cómo citar: Guinea Errasti, B. (2025). Las arengas de Zumalacárregui: símbolos propagandísticos. Sancho el Sabio: revista de cultura e investigación vasca, 48, 152-167. https://doi.org/10.55698/SS48-2025-08
Fecha de recepción: 22-VII-2025
Fecha de aceptación: 19-XI-2025
RESUMEN
A través del estudio de los borradores de las arengas realizadas por Zumalacárregui durante los veinte meses de su jefatura, se analizan las exhortaciones del ejército carlista y los símbolos empleados para intentar movilizar a las tropas vasconavarras. Al ser documentos que fueron firmados por el general en jefe, es posible esbozar por qué ideales luchó Zumalacárregui, qué objetivos persiguió, qué elementos priorizaron los carlistas al dirigirse a sus soldados y cómo intentaron transmitirlos.
PALABRAS CLAVE
Zumalacárregui, Primera Guerra Carlista, Simbolismo, Carlismo, Arengas militares
LABURPENA
Zumalakarregik tropen buruzagi izan zen hogei hilabeteetan egindako harengen zirriborroen azterketaren bidez, euskal eta nafar tropak borrokara mugiarazteko erabilitako sinbolismoak aztertzen dira. Soldaduen emozioak zuzenean interpelatzen zituzten dokumentuak direnez, eta guztiek jeneral nagusiak sinatuak, Zumalakarregik zer idealengatik borrokatu zuen atzeman dezakegu, zer helburu bilatu zituen eta boluntario karlistei nola helarazten zizkien, borroka zezaten.
GAKO-HITZAK
harenga militarrak; emozioak; Lehen Karlistaldia; Zumalakarregi
ABSTRACT
Through a study of the drafts of the exhortations delivered by Zumalacárregui during the twenty months of his command, this article analyzes the appeals made by the Carlist army and the symbols employed to try to mobilize the Basque-Navarrese troops. Since these documents were signed by the commander-in-chief, it is possible to outline the ideals for which Zumalacárregui fought, the objectives he pursued, the elements the Carlists prioritized when addressing their soldiers, and the ways they sought to convey them.
KEY WORDS
Zumalacarregui, First Carlist War, Symbolism, Carlism, Military harangues
1. Introducción1
Hoy día no es complicado conocer qué pudo movilizar a los liberales a combatir durante la 1ª Guerra Carlista. Una breve búsqueda en las hemerotecas o en las memorias de los muchos militares que combatieron en el conflicto enseguida nos muestra los ideales que se encuentran detrás de sus movimientos2. Estos se refugiaron en la defensa de las instituciones liberales, de la patria o en la fidelidad a la decisión de Fernando VII de que reinase su hija Isabel II, y por lo tanto su adhesión a esta. Francisco Espoz y Mina afirma que, antes de tomar el mando del ejército liberal en Navarra, se enfrentó a su enfermedad y exclamó: “Vamos a trabajar por la patria”3. El mismo general, en un escrito a un amigo en marzo de 1834, opinaba que el dejaría de ser un emigrado “si en España se establece una representación nacional verdadera4, y no una sombra vana”5. La idea de una representación nacional, remarcando el carácter de verdadera, formaba parte de los postulados liberales de estos años.
Sin embargo, para el bando carlista en Navarra, especialmente para el espacio de tiempo en que Zumalacárregui ejerció como Comandante General, la posibilidad de saber qué movía a los carlistas desciende drásticamente. Aparte de las memorias de Zaratiegui6, que se asemejan más a una hagiografía de Zumalacárregui, ningún otro militar carlista oriundo de la zona nos ha legado sus pensamientos.
Hay varios textos de extranjeros que lucharon a órdenes del militar guipuzcoano, pero no reflejan bien qué movilizaba a los soldados vasconavarros. Hombres como el Baron du Casse o Henningsen llegaron a España para combatir como voluntarios. Su objetivo como soldados fue defender la Europa absolutista y como escritores persiguieron el mismo fin, exagerando la adhesión del pueblo a los carlistas. Por ejemplo, el autor inglés afirmó en su obra que “las ideas liberales se hayan confinadas a los ricos”, a los que “se oponen los campesinos, que son todos carlistas y forman la gran masa del pueblo”7.
Se han publicado muchos trabajos en las últimas décadas sobre qué pudo motivar a los miles de “voluntarios” carlistas que se echaron al monte para combatir a los ejércitos de Isabel II. La defensa de los derechos dinásticos de Carlos María Isidro, del Antiguo Régimen —y por tanto de unos ideales contrarrevolucionarios—, de la religión católica, de los fueros, el seguimiento a las jerarquías locales, tanto civiles como religiosas8, o incluso de una posible independencia de las Provincias Vascongadas y el Reino de Navarra9, han sido opciones —no excluyentes entre sí— que distintos historiadores han tratado en las últimas décadas.
Es de sobra conocido que el término “voluntario” tiene una función propagandística, heredado de los Voluntarios Realistas, ya que la mayoría de los que se situaban bajo este nombre fueron obligados a combatir10. Por un lado por medio de los Voluntarios Realistas, de donde vendría el nombre de los soldados carlistas. Estas fuerzas, que podrían ser las más movilizadas en pro de la defensa del Antiguo Régimen, fueron las primeras en ser forzadas a luchar aprovechando la estructura jerárquica anterior11. Por otro lado, buena parte de los soldados carlistas salieron de la población civil, de los pueblos y los campos a donde llegaban las tropas realistas, especialmente las partidas, y sacaban a la fuerza a los jóvenes de sus casas12. Más tarde, se llegarían a aplicar sistemas de quintas, especialmente tras la llegada del pretendiente al teatro de la guerra13.
Sin embargo, esto no implica que tras estos reclutamientos forzosos, no hubiese un contenido o una carga ideológica detrás que pudiese movilizar a las tropas. Pese a que muchos eran obligados, había otros que no lo eran, y era necesario mantener alta su moral para que continuasen luchando y que no desertasen, un problema muy corriente entre los carlistas en sus momentos más críticos14. A la vez, también se tenía que intentar que los soldados que habían sacado de sus casas, se alineasen con los ideales carlistas, de forma que la plana mayor carlista debía apelar a los sentimientos, a las creencias de esos jóvenes para que diesen su vida por la causa.
Ahora bien, ¿a qué símbolos o conceptos podían aludir para enardecer a los soldados vasconavarros? Para conocerlos, acudimos al Archivo Real y General de Navarra, concretamente al Fondo Zaratiegui, secretario de Tomás de Zumalacárregui, donde se encuentran los borradores de las arengas que los jóvenes voluntarios escucharon entre finales de 1833 y mediados de 1835. Gracias a estos, podemos conocer no sólo con qué motivaban a los soldados a luchar, sino el pensamiento de los generales carlistas respecto a su causa y respecto a los liberales.
2. Las Arengas
Lo primero es presentar este pequeño corpus para ponerlo en contexto y valorar qué se puede obtener de él. En el fondo se conservan 13 alocuciones, hasta ahora nunca publicadas, dadas la gran mayoría en Navarra y que se mueven entre el inicio de la guerra, es decir, finales de 1833, hasta pocos meses antes de la muerte de Tomás de Zumalacárregui en junio de 1835. En su gran mayoría son borradores, ya que eran documentos que no iban a salir a la luz, sino que se usarían como base de las proclamas que darían a los soldados. No tienen una extensión muy larga, ya que las arengas debían ser breves y directas, que no aburriesen a los voluntarios, sino que les animasen a seguir con la guerra.
La mano que escribió estos textos es igual en todos los documentos, posiblemente sería la de Juan Antonio Zaratiegui, uno de los líderes carlistas más próximo a Zumalacárregui. También es posible que fuesen escritas por algún amanuense, pero de lo que no hay duda es que todas pasaban por manos del general en jefe de los carlistas, ya que todas terminan con la firma del general guipuzcoano.
Ocho de las trece arengas se realizaron justo después de una batalla, solo una antes y las otras cuatro por distintos motivos, como por ejemplo a consecuencia de la unión en la figura de Zumalacárregui de las tropas guipuzcoanas, navarras y vizcaínas. Respecto al público objetivo, en su mayoría son dedicados al ejército, principalmente a los soldados navarros, pero también hay dos que están dirigidas a los prisioneros de guerra.
En resumen, se trata de un material muy interesante para conocer el pensamiento de Zumalacárregui y de los carlistas, y de los temas que podrían movilizar a las tropas vasconavarras. A fin de cuentas, estas arengas están firmadas por él, por lo que él debía ser el autor intelectual y, de esta forma, se puede intuir que los elementos del discurso debían ser fiel reflejo de la visión del general guipuzcoano. Además, su éxito entre la población demuestra que sabía cómo atraerse a los habitantes de las Provincias Vascongadas y Navarra, por lo que también sabría qué elementos debía tocar para animar a sus soldados.
Como muchos discursos que apelan a las emociones, las arengas contienen medias verdades, exageraciones o falsedades. No es el objetivo de este artículo comprobar la veracidad de lo que se dice, sino el contenido de lo que se dijo para animar a los soldados. Una mentira puede ser tan útil como una verdad para movilizar a una tropa15.
Para analizar estos documentos, vamos a partir de las premisas que presentó John Keegan en su estudio, La máscara del mando: Un estudio sobre el liderazgo16. En las conclusiones de esta obra, el autor británico señala cinco imperativos que debe tener un buen general: de la afinidad, de la prescripción, de la sanción, de la acción y del ejemplo. Solo nos fijaremos en el segundo, el de la prescripción, según el cual el general debe saber:
Hablar directamente a sus hombres, levantarles el ánimo en los momentos difíciles, motivarlos en las crisis y darles las gracias en las victorias. Y este imperativo será más fuerte cuanto más propiamente heroica sea la naturaleza de su mando; y en consecuencia, por lo general, cuanto más difícil sea la situación a que les expone17.
Keegan remarca que hay muy poco escrito respecto a las arengas, y que casi el único autor que lo ha tratado ha sido Raimondo Montecuccoli (1609-1680), general durante la Guerra de los Treinta Años. Este autor decía que “La exhortación a la hueste se produce cuando el general se dirige públicamente a sus soldados para instarlos a que demuestren virtú y para infundirles coraje”18.
De la obra del italiano Keegan extrae cuatro procedimientos principales para lograr lo mencionado anteriormente. Se presentan desarrollados en su totalidad para que el lector también pueda sacar sus propias conclusiones respecto a lo que Zumalacárregui podría acercarse a estos postulados19:
Los capitanes pueden incitar a los soldados a que combatan en la guerra haciéndoles ver su necesidad; esto elimina en los hombres toda esperanza de salvarse si no es por la victoria, lo que los fuerza a vencer o morir. El mismo resultado puede obtenerse poniendo de manifiesto la justicia de la propia causa, apelando al patriotismo y al amor del capitán, y excitando el desdén hacia el enemigo; mostrando que el enemigo está diciendo cosas ignominiosas sobre las tropas de uno; que quiere arrebatarle sus propiedades, su religión, su libertado y su vida; y que es mejor morir con grandeza que languidecer bajo una tiranía.
Hacerles ver a los soldados que se encuentran ante personas ilustres. Con el objeto de que aborrezcan la cobardía y exalten el valor, y de que tengan testigos para sus acciones, lucharán bajo la mirada del general o el príncipe […] Con el objeto de que los hombres se preparen para el combate de un modo que les resulte fácilmente comprensible, el jefe declarará que no es el ejército de la patria, sino la patria misma, lo que está en peligro, puesto que nada quedará de ella si el ejército es derrotado.
También se consiguen soldados decididos si se les infunde la esperanza de grandes recompensas y premios por vencer, al tiempo que se les provoca el miedo a severos castigos por fracasar.
El capitán debe mostrarse desenfadado y lleno de esperanza por medio de su expresión facial, sus palabras y su manera de vestir. Su cara debe ser severa, los ojos intrépidos y luminosos, y la ropa vistosa. Debe bromear con sus hombres, mostrarse ingenioso y agudo. Así pensarán que su general no estaría bromeando ni divirtiéndose con ellos si hubiese un peligro real, si no pensase que era mucho más fuerte o si no tuviera una buena razón para menospreciar al enemigo. De este modo las tropas adquirirán confianza.
Sobra decir que este último punto resulta muy difícil de estudiar, ya que no podemos conocer cómo se dirigía a sus hombres al no quedar registros, por lo que lo omitiremos.
3. El contenido de las arengas
DIOS
Siguiendo el trilema y prestando atención a su primer elemento, las referencias a la religión son un elemento que se repite bastante. En siete de las arengas aparece alguna referencia religiosa y de distintas formas. Por una parte, se hace mención al “Dios de los ejércitos que castiga a los malvados y auxilia a los defensores de sus Santas leyes”20, un claro ejemplo de que la lucha carlista tiene un fuerte componente de guerra religiosa, aunque nunca se llega a hacer ninguna mención a las cruzadas.
Así, se peleaba por la defensa de la religión, en defensa de esas santas leyes, de las que su principal valedor era Carlos V. Además, es interesante ver la arenga que dio a unos soldados castellanos tras hacerlos prisioneros, en la que mostraba su estupor porque luchasen contra don Carlos, cuando ellos habían sido “educados en la Religión Católica”, y les pedía que luchasen junto a él, “si conserváis amor a la piadosa Religión de vuestros padres”21. También recordaba esto a los soldados vasconavarros, cuando les decía que peleasen para identificar a sus “antepasados en sus religiosos sentimientos”22. Y no solo de las familias, sino también de símbolos identitarios como las cadenas de Navarra, a las que se refería al hablar del “Sagrado Estandarte de Navarra con el blasón de las Cadenas”23, elevándolas a una categoría divina. Así, no solo usaba la idea de la religión, sino que también hacía apelaciones al pasado y al catolicismo de los antepasados de los soldados.
Y por último, si los carlistas estaban llevando a cabo una guerra de religión, eso implica que sus enemigos debían estar en el otro extremo. Los liberales también eran católicos, pero desde el punto de vista de Zumalacárregui y los carlistas, eran impíos. Este es el principal calificativo que daban a los cristinos, que defendían el gobierno de la “impiedad y de la tiranía24”, que tenía a España presa de una “facción impía y destructora25”, que seguía las “ideas impías y sacrílegas de esos nuevos filósofos26”, por lo que era necesario el “exterminio” de la “vil canalla de los sectarios y de sus cómplices27”. Este último elemento de la secta, parece dar un sentido casi herético a los liberales, un elemento que podría ser profundamente movilizador para una población mayoritariamente católica.
PATRIA
El objetivo final de Zumalacárregui era colocar a don Carlos en el “Trono de las Españas28”. Desde su punto de vista, los soldados se debían unir con el fin de librar a España, que estaba “entera presa de una facción impía y destructora”. Por eso mismo, debían exterminar a los revolucionarios, para dar “días de paz a la nación que nos dio el ser españoles29”.
Recordaba a sus hombres que, si lograban vencer a los liberales, ellos serían “la base fundamental de la felicidad española”. Unía esta felicidad al aspecto religioso, recordándoles que contaban con el “apoyo de la Religión Cristiana en esta gran nación30”. Y mencionaba explícitamente a “la nación española que debemos restaurar31”, lo que trae recuerdos de la Europa de la Restauración post-napoleónica, profundamente contrarrevolucionaria, y de la esencia tradicional de España, apoyada en la monarquía y la religión, con unas regiones con personalidad propia dentro del marco más amplio de la nación.
Zumalacárregui también apelaba a la españolidad de ambos bandos del conflicto. A los prisioneros de guerra que habían luchado en el bando liberal les decía que “no podéis dejar de ser Españoles, y Españoles son también los que os han vencido32”. A los soldados que más tarde lucharon con ellos, dijo que lograron el perdón ya que “el rey se acordó que eráis españoles” y resaltaba la bizarría con la que se mostraron en el combate, la “cual se debía esperar de hombres agradecidos y nacidos en el fidelísimo suelo español33”.
Sin embargo, esta no era la única patria que se mencionaba en las arengas del general carlista. Zumalacárregui mostraba que el carácter de sus soldados formaba parte de la identidad regional y de su historia. Se dirigía a ellos como navarros, vizcaínos, guipuzcoanos o alaveses, personalizando su origen.
La mayoría de las alocuciones estaban dirigidas a los navarros, a los que arengaba personificando a Navarra. Sería esta la que movilizaba y animaba a sus hijos, ya que era la “dulce patria, madre de tantos valientes”, la que esperaba la “libertad de vuestras bayonetas”. Para reforzar esta idea, llegaba a decirles que no merecen “ser navarros si no se la dais”. También pedía a los soldados que luchasen contra el enemigo que estaba asolando los pueblos de Navarra, por lo que debían arrojarlos de su “amada Patria”, recordándoles que “todos los navarros han preferido la muerte a la ignominia”34.
A estos se les unían los vizcaínos y guipuzcoanos, vascos a los que considera “esforzados” y “denodados”. Además, hacía uso de la historia y, al unificar bajo su mando a todos estos soldados, les recordó que los “antiguos de estos tres países unidos, fueron el asombro del mundo, y el terror de todos los que quisieron dominarlos”. Como sus antepasados resistieron a los romanos, a los musulmanes y a las falanges napoleónicas, ellos debían mantener ese carácter de irreductibilidad acabando ahora con los revolucionarios. Y les decía que serían capaces de ello si tenían un “corazón digno de vuestros antecesores35”. Pese a que Zumalacárregui debía tener en gran estima a los alaveses, no hace ninguna mención específica sobre ellos36. Solo se refería a ellos unidos a los soldados navarros. Y por último, tampoco mencionó nada concreto de los castellanos. Solo apelaba a la religiosidad y la fidelidad a los reyes de “aquellos castellanos tan ilustres como señalados”37, ya que en su caso los englobaba dentro de España, una posible muestra de cómo se identificaba a lo castellano con lo español.
Se hablaba de patria tanto para hacer referencia a Navarra o a las Provincias Vascongadas como para hablar de España. Estos soldados procedentes de distintos lugares, a los que se aludía en su simbolismo y en su historia regional, se unían bajo la bandera de Carlos V para luchar por España, algo que se enmarcaba perfectamente, por un lado, en las referencias del Antiguo Régimen; y, por otro, en el doble patriotismo38 que se irá desarrollando a lo largo del siglo XIX desde estas posiciones, entendiendo España desde la pluralidad de sus regiones39.
REY
Sin embargo, si hay un elemento que se repite en estas arengas, es la figura monárquica. Prácticamente todas, a excepción de una sola, tienen referencias al pretendiente don Carlos. Pese a que en el conocido trilema: “Dios, Patria y Rey” esta figura se sitúa al final, para Zumalacárregui era el eje central de sus locuciones. Desde 1833 hasta su muerte, Zumalacárregui se referirá a Carlos María Isidro como “Carlos V” de forma continua. Y cuando no lo mencione de esta forma, se referirá a él como “el Rey”40 o “Excelso Monarca”41.
Pese a que en el acta de Estella en 1833 se le denomine Carlos V de Castilla y VIII de Navarra, Zumalacárregui omitió en sus arengas esta segunda parte, centrándose en su principal objetivo, que era Madrid. De aquí surge con fuerza la idea de la legitimidad. Para los carlistas, don Carlos era el rey legítimo, mientras que los defensores de Isabel II eran los “usurpadores de la legitimidad”42, refiriéndose a ellos también como “el gobierno usurpador”43. Incluso apelaba a las madres de los castellanos capturados tras haber luchado con los liberales, imaginando “cuantas madres gemirán haber dado a la usurpación sus hijos para sostenerla”44. En una de las arengas también remarcó esta idea al decir que luchaban para “colocar en el trono que le es debido de toda justicia al excelso y piadodísimo monarca don Carlos 5º”45..
En esta frase también aparece otro elemento interesante sobre cómo se describía al monarca de los carlistas, con qué adjetivos se acompañaban estas referencias. Se le quería mostrar como justo, virtuoso, magnánimo o piadoso, unos ideales que se acercaban mucho a la imagen de los reyes del Antiguo Régimen. Incluso, reforzando esta idea, se le mostraba como alguien paternal, que llegaba a Navarra a “entregarse en los brazos de sus queridos hijos los Navarros” o a encontrarse con sus “hijos predilectos”. Y los soldados, como buenos hijos, deberían darle el consuelo que merecía46.
Se puede encontrar este interés en el rey en una de las arengas, dada en febrero de 1834, donde recordaba a los navarros que el levantamiento en el Reino de Navarra se inició cuando Santos Ladrón gritó: “¡Carlos o la muerte!”47. Y desde aquí, se prometían recompensas y un reinado futuro, que sería “lleno todo de felicidades”, con días de paz y donde los soldados carlistas serían la “base fundamental de la felicidad española”48.
DIOS, PATRIA, REY, ¿Y FUEROS?
El trilema carlista por excelencia no aparece mencionado de esta forma en ningún momento. Sin embargo, hay una frase en una de las arengas que reproduce esta idea en el mismo orden. Al mencionar a los soldados que iban a ser la base de la felicidad española, les seguía diciendo que serían “el apoyo de la Religión Cristiana en esta gran nación; y también seremos los hijos predilectos del Monarca”49. Religión, nación y monarca. Dios, Patria y Rey.
Esta triada, tan conocida en el siglo XIX, acabaría sumando un último elemento a lo largo de la centuria, el de los fueros. Mucho se ha escrito sobre si los primeros carlistas lucharon por sus fueros, si estos estaban en la mente de los vasconavarros que se echaron al monte en 1833. Si atendemos a las proclamas de Zumalacárregui, no hay ni una sola mención explícita a los fueros. Se apelaba a la identidad histórica de resistencia vasconavarra y a algunos símbolos como las cadenas, pero en ningún caso se trató la idea de la foralidad, ni siquiera se refieren a estos como privilegios, derechos, etc.
Y esta ausencia es interesante, porque refuerza la teoría de que los fueros no fueron un elemento movilizador en los inicios de la guerra. Aun así, esto no quita que más tarde sí fuese un punto fundamental en la contienda y en las negociaciones posteriores a Vergara. Si los navarros los hubiesen sentido como un elemento prioritario, es altamente probable que Zumalacárregui los hubiera mencionado. Esto no deja de ser una suposición, pero lo cierto es que en los primeros veinte meses de la guerra, el tema foral no fue tan relevante como lo sería después, lo cual también deja en duda la defensa hecha por parte de Zumalacárregui de este sistema en concreto. También es cierto que lo más probable es que los fueros se encontrasen ensamblados en el proyecto general de la campaña y de la restauración, sin alcanzar un protagonismo destacado en los inicios.
EL ENEMIGO
Se ha visto cómo en el ámbito religioso se denigraba mucho a los liberales, pero no es solo en él. El enemigo de los carlistas era descrito por su carácter revolucionario, mencionándoles como “monstruo revolucionario50”, “horda revolucionaria51” o “germen revolucionario52”, lo que muestra el carácter radicalmente opuesto a los principios que se pusieron en marcha en 1789. Además, se les culpaba de la guerra, al calificarlos como el “enemigo de nuestro reposo”, consecuencia directa de ser los “usurpadores de la legitimidad” 53.
Así, dentro de la visión de Zumalacárregui y tal y como lo mostraba a sus soldados, Carlos sería un rey justo que traería la paz y la felicidad, mientras que los liberales, además de haber atacado la religión de sus antepasados, han usurpado ese trono y han acabado con su reposo. Por ello, también se remarcaba que eran el “enemigo del magnánimo y virtuoso Carlos 5º54” y que el “gobierno no va acorde con vuestros principios55”, entendiendo estos como el ser católico y español.
¿Y cómo actuaban los liberales según estas arengas? Haciendo uso de la “intriga y de la perfidia56” o gracias al “genio del mal y de la discordia57”. Además, harían uso de las “noticias falsas58” para desmoralizar a las tropas carlistas y esclavizar a los navarros. Además, instaba a luchar no solo para defender los derechos del rey, sino para defender los pueblos donde se encontraban sus familias, ya que los liberales, según Zumalacárregui, asolaban los pueblos, causaban “vejaciones” e intentaban “esclavizaros59”.
A pesar de este poder que se le atribuía a los liberales, también les decía que gracias a sus acciones, el enemigo estaba “acobardado” y “amedrentado60”, que sus líderes eran unos cobardes y que tomaban refugio en las fortalezas temerosos de enfrentarse a los soldados carlistas. Así, les decía que aunque los voluntarios no fuesen soldados profesionales, que “los que se tienen por soldados son menos que vosotros61”, describiendo a los militares del ejército liberal como “bisoños y pacíficos62”.
¿Y qué final prometía Zumalacárregui respecto a los liberales? Tenía por seguro que los liberales acabarían sucumbiendo ante los carlistas, en parte gracias a la ayuda del ya mencionado Dios de los Ejércitos, y en parte al empuje de los soldados carlistas. Además, mostraba cuál era uno de los objetivos finales de la guerra: no parar “hasta exterminar la vil canalla de los sectarios y sus cómplices”63.
EL CARÁCTER DE LOS SOLDADOS CARLISTAS
Ante esta calificación de los liberales, ¿cómo consideraba Zumalacárregui a los carlistas? Principalmente como soldados valerosos y virtuosos. Usaba varias palabras relacionadas, destacando en las distintas arengas cómo los soldados carlistas demostraban arrojo, valor, valentía o bizarría, que acometían con ardor, decisión y denuedo o que mostraban serenidad y esfuerzos heroicos y superiores en la batalla. Pero no solo en la batalla, también valoraba cómo durante toda la campaña mostraban su constancia y su tesón por mantener la causa con vida.
Por todo esto, los califica como héroes. Y como tales, sus acciones son calificadas como “heroicas hazañas”, se les instaba a marchar por la “senda del heroísmo”, que sus batallones se componían de “héroes” y que sus batallas resonaban por todo el mundo, por lo que estaban entrando en la “cumbre del heroísmo”64. En relación a esto, recalcaba el orgullo que supone ser voluntario, esperando que ellos también lo sintieran y recordando que sus victorias eran gloriosas, que les darían “infinita gloria”. Todos estos términos se englobaban bajo un paraguas de religiosidad.
También se remarcaba la relación que tenían los soldados tanto con Carlos como con Zumalacárregui. Así, el general guipuzcoano decía que le complacía llamarles “hijos” y que se sentía “muy dichoso de ser partícipe de sus triunfos”65. Se mostraba muy cercano a ellos, otorgándoles el valor de las victorias, aunque seguía manteniendo cierta distancia al referirse a ellos como hijos, situándose por encima.
LAS FRASES FINALES
El objetivo de las arengas era enardecer a los soldados, por lo que era necesario hacerlos partícipes de ellas. Para esto, al final de los textos podían incluir frases muy cortas y muy directas, en las que se interpelase a los soldados para que gritasen y así aumentar su moral.
En los borradores del fondo Zaratiegui solo dos de las trece arengas incluyen este elemento, lo cual no quiere decir que en el resto de ellas, al terminarlas, no se gritase nada. ¿Y qué símbolos aparecen en los gritos? En una de las dos, se pedía explícitamente a los soldados que gritasen: “Entre tanto participad de mi alegría y satisfacción, y gritad de todo vuestro corazón, Viva Carlos 5º. Viva la Religión. Viva nuestra Patria la Navarra”66. En la segunda arenga también se les instaba a repetir el final del texto, al decirles: “Vivid en esta confianza y decid continuamente: Viva Carlos 5º. Mueran los pérfidos tiranos”.
Al final, en estas frases se ve que se repiten todos los elementos que se han venido mencionando. La única figura que se reiteraba es la del rey, mencionado como Carlos V, que en una de las arengas se acompañaba de las ideas de la religión y de la patria, y que en la otra mostraba el desprecio al enemigo, calificado como tiránico.
4. Conclusiones
Tras analizar las arengas que Zumalacárregui lanzó a los soldados del ejército carlista, se pueden extraer algunos elementos que se repiten y que pueden ayudar a entender la cosmovisión de los carlistas en los inicios de la Guerra de los Siete Años.
El rey como figura central es algo innegable. Y esta no cambia cuando Carlos María Isidro llega a Navarra, se siguen repitiendo las alabanzas hacia el pretendiente durante los veinte meses en que Zumalacárregui ostentó el poder del ejército. La figura del rey paternalista, justo y virtuoso encaja con la visión tradicional de la monarquía, alejado de los postulados constitucionalistas y revolucionarios del siglo XIX. Además, es interesante que sea el elemento más utilizado, cuando en el trilema carlista se encuentra en el último lugar. De esta forma, el carácter monárquico y dinástico de la guerra está fuera de toda duda. Para Zumalacárregui la guerra pasaba por y para el rey, siendo su principal objetivo llegar a Madrid para poner en el trono al que para él era el mejor y único heredero posible.
El carácter religioso de la guerra tampoco es un factor desdeñable. En muchas de las arengas se apela al catolicismo, no solo de los soldados, sino de sus familias, de sus antepasados y de su país, incluyendo símbolos territoriales como las cadenas navarras. Carlos V se eleva como garante de la religión y dispone a sus soldados como defensores de esa causa santa, de sus santas leyes como se menciona, a la vez que se muestra al enemigo liberal como impío y sectario. Estas apelaciones muestran la religiosidad de las masas carlistas, que además de luchar por defender a su rey, defienden su fe y la de sus seres queridos.
La caracterización de los liberales como un enemigo revolucionario da una muestra más de que la movilización carlista fue profundamente contrarrevolucionaria. La lucha también era contra las ideas que los nuevos filósofos propugnaban. Además, según Zumalacárregui jugaban sucio al hacer uso de intrigas y engaños, por lo que no eran unos rivales dignos para los denodados soldados carlistas. Por si esto fuera poco, también les acusaba de asolar Navarra y de hacer que esta suplique a sus hijos que les de la libertad. Y para despreciarles a ojos de los voluntarios, los describía como soldados acobardados y bisoños, que nada tenían que hacer contra las valerosas e imparables fuerzas carlistas.
Así, en oposición a estos liberales revolucionarios, se mostraba a unos carlistas que eran superiores no solo en lo militar, sino también en lo moral y en lo religioso, ya que ellos están destinados a salvar a España de sus enemigos. Les mostraba el orgullo que sentía de dirigirles por su buen hacer en las batallas, alentándoles a continuar por ese camino, llegando así al heroísmo, prometiéndoles la felicidad y la fama en todo el mundo. También es muy importante la identidad regional e histórica. De ahí las referencias a sus regiones de origen y a las batallas que sus antepasados lucharon con tanto éxito, haciéndoles partícipes de ellas con su guerra contrarrevolucionaria.
Y en relación al origen aparece la idea de patria, en la que se podía combinar perfectamente la fidelidad a Navarra o Álava con la fidelidad a España, sin ser contrarias entre sí. Se mostraba a la patria como una madre que se sentía orgullosa de sus hijos o que les pedía que le ayudasen porque estaba sufriendo. También se apelaba a su historia, a la lucha contra los romanos, musulmanes y franceses, haciéndolos así partícipes de la historia de su patria, y a sus símbolos, a las cadenas navarras. Pero estos elementos los incluía dentro de un ideal de España con un fuerte componente religioso que habían heredado de sus antepasados y que debían defender. Así, tenían como objetivo dar paz a la nación que les hizo ser españoles y poner en el trono de Madrid a su Carlos V. De esta forma, se ve un claro ejemplo de la mezcla de nacionalismo y regionalismo que impregnó al carlismo decimonónico.
Y por último, es destacable la ausencia de la foralidad en todos estos textos. Así como se hablaba de las cadenas o de las luchas de sus antepasados, en ningún momento se mencionaron a los fueros, que más tarde llegarían a ser troncales en la causa carlista. De esta forma, se puede suponer que este primer carlismo, el que enmarca la jefatura de Zumalacárregui, estaba alejado de la defensa de los fueros. Para los soldados vasconavarros no debía ser algo tan importante como el rey o la religión, porque si así lo hubiera sido, los generales carlistas habrían hecho uso de ese elemento movilizador. Sin embargo, esto no tiene por qué implicar que no se defendiesen, ya que seguramente los imaginarían dentro del sistema que su rey aplicaría una vez estuviese en el trono de Madrid.
Recuperando las ideas de Keegan, se puede apreciar cómo Zumalacárregui recogía a la perfección los tres primeros puntos que señaló Montecuccoli. En cuanto a los argumentos de utilidad, no paró de recordar a los soldados que la patria y su religión estaban en peligro, que el enemigo, al cual denigraba, estaba usando las mentiras para subsistir, y justificaba la guerra por la usurpación del trono. De esta forma, lograba mostrar a los soldados la necesidad luchar la guerra hasta el final y la dicotomía de tener que elegir entre la muerte o la victoria, porque si no, no podrían salvarse de lo que les pudiesen hacer los liberales y sus ideas.
En cuanto al miedo a la infamia, no solo ponía a los soldados ante personas ilustres, como podían ser don Carlos o el propio Zumalacárregui, sino que los situaba ante sus propios familiares, sus antepasados y su tierra. Era Navarra la que les miraba y les pedía su libertad, la patria que está en peligro ya que los liberales la estaban asolando y la acercaban a su destrucción. Incluso España estaba necesitada, motivo por el que debían exterminar a los revolucionarios para poder dar días de paz a su nación.
Y el último punto que podemos analizar es el referente a despertar el deseo de riqueza y de prestigio. A este respecto, Zumalacárregui insistía en repetidas ocasiones la felicidad que lograrían al colocar a don Carlos en el trono de Madrid. Pero incluye también la recompensa económica, asegurándoles que al alcanzar este objetivo, les llenarían de recompensas. Pero también el prestigio que podrían alcanzar, relacionado con el heroísmo en el que incluye a sus tropas, admiradas en toda Europa y cuyos hechos de armas resuenan en todas partes.
Viendo cómo Zumalacárregui se adaptó a estos tres puntos, necesarios según Keegan para que un ejército demuestre virtud y luche hasta el final, ayuda a comprender la afección que los soldados le tenían al guipuzcoano. Así, el “Tío Tomás”, echó mano de la oratoria, además de a otros elementos como los castigos y los premios, para mantener a su ejército preparado para luchar en todo momento y ser capaz de soportar las largas marchas que debían realizar para tener en jaque a las tropas liberales.
Bibliografía
1 En primer lugar, quiero agradecer a Francisco Javier Caspistegui sus consejos y recomendaciones en la elaboración de este artículo.
2 Algunos ejemplos de diarios pueden ser El Vapor, El Eco del Comercio o la Gaceta de Madrid, órgano oficial del gobierno liberal, y algunos de los militares que escribieron sus memorias fueron Francisco Espoz y Mina, Marcelino Oráa o los hermanos Fernández de Córdoba.
3 Francisco Espoz y Mina: Memorias del general don Francisco Espoz y Mina. Tomo V, Madrid, Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra. 1852, p. 17.
4 En el original también está en cursiva.
5 Francisco Espoz y Mina: Memorias del general don Francisco Espoz y Mina. Tomo V, Madrid, Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra. 1852, p. 21.
6 Juan Antonio Zaratiegui: Vida y Hechos de don Tomás de Zumalacárregui, Madrid, Imprenta de D. José de Rebolledo y Compañía, 1845.
7 C.F. Henningsen: Campaña de doce meses en Navarra y las Provincias Vascongadas con el General Zumalacárregui, Burgos, Editorial Española, 1937 p. 5.
8 Jordi Canal: El Carlismo, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pp. 9-119.
9 José Mari Esparza Zabalegi: Zumalacárregui y la República de los Pirineos, Pamplona, Txalaparta, 2004.
10 José Ramón Urquijo: “¿Voluntarios o quintos? Reclutamiento y deserción en la Primera Guerra Carlista”, en: II Jornadas de Estudio del Carlismo .- Violencias fratricidas. Carlistas y liberales en el siglo XIX, Pamplona/Iruñea, Institución Príncipe de Viana, 2009, pp. 105-109.
11 Pere Anguera: “¿Por qué eran combatientes carlistas?, Vasconia, 26, 1998, p. 120.
12 Pedro Rújula López: “Elites y base social: el apoyo popular en la Primera Guerra Carlista”, Vasconia, 26, 1998, pp. 136.
13 Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera: La Primera Guerra Carlista, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2002, pp. 220.
14 Francisco Javier Caspistegui: Famas y representaciones en el carlismo decimonónico, Pamplona/Iruñea, Anacleta Editorial, 2021, pp. 345-350.
15 Para conocer más sobre cómo se manipulaban los hechos de armas durante la etapa de Zumalacárregui consultar Borja Guinea Errasti: Tomás de Zumalacárregui en la Primera Guerra Carlista (1833-1835), Pamplona/Iruñea, Lamiñarra, 2024, pp. 189-196.
16 John Keegan: La Máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo, Madrid, Turner Publicaciones S.L., 2015.
17 John Keegan: La Máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo, Madrid, Turner Publicaciones S.L., 2015, p. 290.
18 John Keegan: La Máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo, Madrid, Turner Publicaciones S.L., 2015, p. 291.
19 John Keegan: La Máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo, Madrid, Turner Publicaciones S.L., 2015, p. 290.
20 AGN, Zaratiegui, 3, nº52.
21 AGN, Zaratiegui, 5, nº6.
22 AGN, Zaratiegui, 4, nº 1-2.
23 AGN, Zaratiegui, 3, nº5-4.
24 AGN, Zaratiegui, 5, nº6.
25 AGN, Zaratiegui, 2, nº7.
26 AGN, Zaratiegui, 3, nº5-4.
27 AGN, Zaratiegui, 3, nº52.
28 AGN: Zaratiegui, 4, nº1-2.
29 AGN: Zaratiegui, 4, nº1-2.
30 AGN: Zaratiegui, 3, nº53.
31 AGN: Zaratiegui, 6, nº15.
32 AGN: Zaratiegui, 5, nº6.
33 AGN: Zaratiegui, 6, nº13.
34 AGN: Zaratiegui, 2, nº3.
35 AGN: Zaratiegui, 2, nº7.
36 Barón H. Du-Casse: Ecos de Navarra, Madrid, , Editor Boix, 1840, p. 22.
37 AGN: Zaratiegui, 5, nº6.
38 Josep M. Fradera: El Fuerismo Triunfante, en Historia Contemporánea, 31, 2005, pp. 659-661.
39 Este elemento se refleja perfectamente en la Marcha de Oriamendi, himno carlista por excelencia, en el que se cantaba “Gora España ta Euskalerriata bidezko errege”.
40 Archivo Real y General de Navarra (AGN), Zaratiegui, 6, nº13.
41 AGN, Zaratiegui, 4, nº1-2.
42 AGN: Zaratiegui, 2, nº7.
43 AGN: Zaratiegui, 5, nº6.
44 AGN: Zaratiegui, 5, nº6.
45 AGN, Zaratiegui, 2, nº7.
46 AGN, Zaratiegui, 3, nº18.
47 AGN, Zaratiegui, 3, nº5-4.
48 AGN, Zaratiegui, 3, nº3-53.
49 AGN: Zaratiegui, 3, nº53.
50 AGN, Zaratiegui, 3, nº52.
51 AGN, Zaratiegui, 2, nº3.
52 AGN, Zaratiegui, 4, nº1-2.
53 AGN, Zaratiegui, 2, nº7.
54 AGN, Zaratiegui, 2, nº2-4.
55 AGN, Zaratiegui, 5, nº6.
56 AGN, Zaratiegui, 3, nº18.
57 AGN, Zaratiegui, 2, nº7.
58 AGN, Zaratiegui, 3, nº5-4.
59 AGN, Zaratiegui, 3, nº5-4.
60 AGN, Zaratiegui, 3, nº5-4.
61 AGN, Zaratiegui, 3, nº52.
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63 AGN, Zaratiegui, 3, nº52.
64 AGN, Zaratiegui, 3, nº18.
65 AGN, Zaratiegui, 3, nº53.
66 AGN: Zaratiegui, 3, nº18.