Francisco Javier Caspistegui y Paola Ruiz López
Universidad de Navarra.
fjcaspis@unav.es / pruizl@unav.es
ISSN: 2445-0782
DOI: https://doi.org/10.55698/SS48-2025-04
Cómo citar: Caspistegui, F. J. y Ruiz López, P. (2025). Mejorar la salud y formar la mente: el deporte infantil. Sancho el Sabio: revista de cultura e investigación vasca, 48.
https://doi.org/10.55698/SS48-2025-04
Fecha de recepción: 04-III-2025
Fecha de aceptación: 23-III-2025
RESUMEN
Al reconocer al niño y la infancia, sus características y necesidades, los Estados asumieron su protección y en ello se incluyó el deporte. Admitían así prácticas lúdicas existentes y las insertaban en el marco sanitario y escolar, con grandes debates, sobre todo al popularizarse deportes modernos, especialmente el fútbol. Además, comenzaron a verse sus posibilidades identitarias y fuerzas políticas y sociales de Navarra buscaron atraerla mediante los deportes, más intensamente conforme creció la politización y especialmente en la guerra civil.
PALABRAS CLAVE
infancia, deporte, Navarra, politización, identidad
LABURPENA
Haurra eta haurtzaroa, bere ezaugarriak eta beharrak aitortzean, estatuek bere gain hartu zuten haren babesa, eta horretan sartu zen kirola. Horrela, lehendik zeuden praktika ludikoak onartzen zituzten, eta osasun- eta eskola-esparruan txertatzen zituzten, eztabaida handiekin, batez ere kirol modernoak jendarteratzen zirenean, futbola bereziki. Gainera, bere identitate aukerak ikusten hasi ziren, eta Nafarroako indar politiko eta sozialek kirolen bidez erakarri nahi izan zuten, politizazioa hazi zen heinean eta, bereziki, gerra zibilean
GAKO-HITZAK
haurtzaroa, kirola, Nafarroa, politizazioa, identitatea
ABSTRACT
As the 20th century arrived, the various authorities began to recognise children and childhood, their characteristics and needs, as well as their protection, and this included sport. They thus admitted existing recreational practices and inserted them into the health and school framework, with great debates, especially when modern sports became popular, especially soccer. In addition, they began to see their identity possibilities and political and social forces in Navarre sought to attract them through sports, more intensely as politicization grew and especially during the civil war.
KEY WORDS
childhood, sport, Navarre, politicization, identity
1. Introducción
Desde que Philippe Ariès (1914-1984) publicara su estudio sobre el niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen1, comenzó el desarrollo inusitado de una nueva forma de entender la infancia y al niño desde el punto de vista histórico. El análisis de la naturaleza específicamente histórica de los regímenes demográficos llevó a Ariès a apreciar las actitudes igualmente variables hacia ese tiempo vital. Consideraba que los cambios ocurridos durante ese período habían llevado a profundas transformaciones en la idea de familia y en el concepto de infancia2. De hecho, consideraba que no existía una conciencia de infancia anterior a ese proceso de modernización que él situaba, vagamente, en torno a los siglos XV-XVII. Las críticas habituales a esta propuesta incidían, entre otras, en su “tesis de la crueldad”, según la cual los padres de los tiempos pre-modernos trataban de forma abusiva a sus hijos o, cuando menos, mostraban una evidente falta de atención hacia ellos. Parte de esta consideración derivaba de la confusión terminológica entre “infancia” y “niños”, pues una sociedad puede apreciar la diferencia entre estos y los adultos, aunque carezca de una definición o de una conciencia de lo que significa la infancia como abstracción. Pero incluso en este aspecto radica otra crítica a Ariès, la del presentismo, pues él aplicó sobre la infancia de otras épocas su punto de vista de hombre de mediados del siglo XX, donde sí existía conciencia de la diferencia entre adultos y niños, pero articulada, formulada y presentada de forma distinta3.
En cualquier caso, la crítica radicaba en el tiempo y la forma en que la diferencia entre ambos estratos de edad era comprendidos y analizados, pues como formas de diferenciación cultural, sus planteamientos variaban con el paso del tiempo, con el contexto en el que se plantearan, etc. Además, este sentido de la diferencia implicaba ciertas formas de tratamiento moral, de comportamiento, costumbres y situaciones que podían variar y, por ello, repercutir significativamente en la situación concreta de los niños. Por ejemplo, las limitaciones para su empleo como fuerza de trabajo o su dedicación a actividades propias, como la formación escolar; su consideración como un mercado específico, con productos propios, como los juguetes; su incapacidad legal y la necesidad de tutela, incluso con la participación de los poderes públicos como tutores por defecto; o la prohibición para acceder al ejército, entre otras.
El establecimiento de la diferencia entre infancia y niños o, lo que aquí nos interesa, entre historia de la infancia e historia de los niños vendría a ser un elemento clave. La primera afecta a lo relativo a las ideas sobre ese período de la vida humana y ofrece una visión teórica con repercusiones prácticas, como las políticas adoptadas o la legislación aprobada. Mientras, la segunda está vinculada a la experiencia concreta de ser niño y, más práctica, trata de mostrarnos la forma concreta en que se desarrolla la vida de este, la experiencia de la niñez. Incluso en el propio concepto de infancia se abren diversos caminos en cuanto al sentido del término: aquella que entiende la infancia como periodo de tiempo, es decir, como una etapa y, por el contrario, quien la relaciona con la pregunta sobre en qué consiste ser un niño frente a un adulto4.
A partir de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, el proceso industrializador y el cambio económico y social aparejado a él fueron sacando a los niños del mundo del trabajo y los colocaron en la escuela. También implicó esa circunstancia el paso a una consideración de dependencia respecto a los adultos: como las mujeres, los niños serían seres humanos incapaces de valerse por sí mismos y, por ello, necesitados del apoyo y la protección de los adultos, especialmente varones. Esto, a su vez, marcaría distancias entre los dos mundos. Este proceso de civilización, si seguimos a Norbert Elias, implicaría que, a mayores avances, a mejor situación económica, mayor alejamiento del mundo infantil respecto al adulto5. A partir de esos momentos, especialmente desde el s. XVIII, creció considerablemente el interés hacia la infancia. Había una preocupación filantrópica y una mayor dedicación por parte de los padres conforme se redujeron las familias, con marcadas diferencias sociales y entre campo y ciudad. Una muestra de ello fue, por ejemplo, la aparición de una literatura propiamente infantil. Además, las escuelas tendieron a convertirse (de nuevo con marcadas diferencias) en el lugar de “trabajo” del niño. No es de extrañar, por ello, que primero entre los más privilegiados y de ámbitos urbanos, y luego por procesos de emulación en otros ámbitos, los niños tuvieran más tiempo de ocio.
Estos dos factores: escuela y ocio, son los que aquí interesa destacar, en parte por constituir la base sobre la que articular la práctica deportiva en la infancia. Sin embargo, al analizar estas cuestiones, podemos encontrarnos con una cierta abundancia de trabajos dedicados al análisis de la escuela como institución, como experiencia incluso. Existe un cierto interés por el estudio del ocio infantil, de sus juegos, juguetes, fiestas y entretenimientos. Se puede tomar como ejemplo la obra publicada por Fausto López Villabrille en 1855 titulada Recreo de la infancia: colección de juegos para niños de ambos sexos cuyo prólogo se acerca a los niños
publicando esta colección de juegos por la carencia de un libro de esta especie entre nosotros […]. Los juegos son para estos tan necesarios como indispensables: en ellos adquieren insensiblemente el desarrollo de las fuerzas, de la agilidad y hasta de la inteligencia […]6.
Sin embargo, no es tanta la atención a la cuestión del deporte infantil como muestra de preocupación pedagógica y como análisis de una parte fundamental de ese ocio. Al parecer, una cuestión como esta entraría en el ámbito de la denostada fiebre por los deportes, de poco prestigio social y escasa atención en el mundo académico hasta fechas recientes, en las que ha aumentado el interés7.
Una muestra de esta actitud es la obra de Fe Bajo y J.L. Betrán8, en la que hablan de los juegos de la infancia. Ya desde época clásica, citan el uso de la pelota como juego preferentemente masculino. Pero pese a esa presencia milenaria, poco más hay que tenga que ver con el deporte. En lo que llaman la segunda infancia, se incluye cada vez más el ejercicio físico, los ejercicios corporales, el deporte, en definitiva, aunque su práctica se reduzca a sectores sociales muy concretos, al menos con la intensidad con que lo recogen las fuentes. Cuando en 1996 se publicó Historia de la infancia en la España Contemporánea (1834-1936), su director, José María Borrás Llop, reconocía que, “[e]n España, la historia de la infancia está todavía en ciernes”9. Ni que decir tiene que, si esta situación se aplica al deporte infantil, la situación no era mejor. Buena muestra de ello es el artículo que en esta misma obra escribía el hispanista Jean Louis Guereña. Cuando se trataba de tocar el tema que aquí nos atañe, en relación con el tiempo de recreo en las escuelas, reconocía también que “[d]e las actividades infantiles en estos ‘campos’ y ‘patios’ sabemos muy poco”. Y añadía:
Se puede suponer que los juegos practicados en el patio escolar o en el solar cercano a la escuela debían ser los que los folkloristas decimonónicos nos han descrito para los niños de su edad, y claro está los diversos juegos de balón y de cuerda10.
Y esto no significa que no hubiera interés por el deporte, por el ejercicio físico. Sí que existía, como muestra la obra de higienistas como Pedro Felipe Monlau (1808-1871), que consideraba que la niñez era “la edad de los ejercicios activos” y que, por ello, “la fuente de su salud está, o debiera estar, en los gimnasios, cuya falta deploran todos los inteligentes en el ramo de la educación”11. Pedía incluso tantos gimnasios como escuelas de primeras letras. Además del higienista Monlau, el doctor García Fraguas, catedrático de Gimnasia Higiénica, escribió Gimnasia Higiénica. Sports, juegos corporales, masaje, kinesiterapia y mecanoterapia en 1897 donde denominaba gimnástica de desarrollo a aquella que tenía como objeto desenvolver de una manera armónica el cuerpo del niño, luchar contra las “malas condiciones de higiene creadas por los medios sociales y sus exigencias”12. Un decreto de 26 de octubre de 1901, ratificado el 8 de junio de 1910, incluía ejercicios corporales entre las asignaturas obligatorias de las escuelas, aunque no acabaron de llevarse a cabo por falta de medios. Un sustituto para ello fue el de las excursiones, con el precedente de la Institución Libre de Enseñanza, que las fomentó dentro de sus planes de estudio. El papel de las colonias escolares, concebidas como instituciones complementarias a la escuela, fue destacado por aplicar de manera práctica la cultura del higienismo y la actividad física entre los infantes. Estas actividades, nacidas en Suiza en 1876, fueron introducidas en España de la mano de regeneracionistas y krausistas, como por ejemplo el pedagogo Bartolomé Cossío, cuyo primer proyecto se llevó a cabo el verano de 1887 en la playa de San Vicente de la Barquera con 18 niños pobres de escuelas públicas madrileñas13.
Si esta es la situación en España, tampoco lo era mucho mejor en Navarra, donde la introducción de la educación física se producía de forma igualmente lenta. Sí hay referencias a la práctica de juegos desde un punto de vista etnográfico y costumbrista, a las colonias escolares14, e incluso estudios sobre instituciones dedicadas a la recogida de niños, como la Inclusa o la Casa de Misericordia15. José Joaquín Arazuri, por su parte, recogía “Travesuras y diabluras infantiles” de Pamplona a principios del siglo XX, cuando “la mayoría de los mocetes se criaban en la calle, y en ella se pasaban todo el día, a excepción de los pocos ratos que estaban comiendo en sus casas o recogidos en la escuela”16. Como puede verse, la transición de modelos sobre la infancia se había producido ya en el máximo polo urbano de Navarra. Los niños, bien diferenciados de los adultos, tenían sus espacios y actividades propios: escuela y calle.
2. Los inicios del deporte en Navarra y los niños
El deporte como forma de ocio se introdujo en Navarra de la mano de la modernización de la sociedad17. Como resulta evidente, solo con la seguridad en la obtención de los recursos para la subsistencia podía darse el paso para cubrir un ocio que con la transformación de los modos de vida se iba extendiendo. Hasta entonces, deporte era algo propio de los gentlemen con recursos. J. Salboch, en 1903, definía así lo que entonces se llamaba sport:
significa placer, diversión, o mejor un conjunto de entretenimientos, tales como la caza, la pesca, la natación, la navegación, la esgrima y muchos otros ejercicios que implican el desarrollo de la fuerza muscular, la destreza, y el valor, puestos a prueba, generalmente por la gente ociosa, y con el aliciente de la gloria, de la apuesta o del simple placer.
Gentes que, como él mismo escribía, “ya tienen la burrica en el sembrado”18. ¿Qué papel tenían en todo ello los niños? En un contexto de creciente escolarización pese a las diferencias sociales y entre campo y ciudad, y de la mano de esta, de mayor tiempo de ocio; el de combinar el juego con lo que veían a los adultos, el de aprender de aquellos a los que, como se comentaba más arriba, eran tan distintos, cada día más, respecto a ellos mismos. Así, cuando veían las primeras patadas al balón de cuero, ellos elaboraban algo similar con sus boinas y unas cuerdas y así remedaban lo visto a quienes primero habían traído esas prácticas desde fuera de Navarra. Pero este voluntarismo no era bastante, como reflejaba la nota que recogía un partido de fútbol infantil entre Athletic y La Paz en el que se lamentaba “que esos niños que tanta afición manifiestan al foot-ball, se hallan huérfanos de instrucción que les dirija y les enseñe. ¿No podría alguna de las sociedades locales cogerlos e instruirlos?”19.
Algo similar ocurría con el ídolo deportivo navarro de comienzos del siglo XX: el luchador Javier Ochoa. De hecho, hay referencias, en torno a su regreso a Navarra en 1912, a la presencia “a cada paso de parejas de mocetes forcejeando en empeñada lucha greco-romana, teniendo por tapiz el duro adoquín de las canteras de Ezcaba. Seguramente que no habrá chico callejero que no haya medido ya sus fuerzas con un amigo suyo”20; “En las calles, en los paseos, en cualquier lado donde se reúnan media docena de chiquillos, y aún de mayores en algunos casos que hemos presenciado, la lucha greco-romana ha sido el ejercicio predilecto a que se entregan”21. Además, en la línea de lo propuesto por Monlau, la preocupación higienista, plasmada en normas legales, aunque no cumplidas, llevaba a una creciente petición de instalaciones, normativas, estudios e iniciativas22. En 1912 se pedían frontones públicos en Pamplona en los que la juventud pudiera llenar sus ratos de ocio23.
Por otra parte, la introducción del deporte en las escuelas se comenzó a plantear como un paso más en esta necesidad. Así lo encontramos cuando se pedía imitar lo que se practicaba ya en el extranjero: “es deber principal de las naciones preocuparse por el vigorizamiento [sic] de la raza”24. Aunque este argumento aún tardaría en asumirse de forma generalizada, declaraciones como esta última anunciaban una tendencia creciente, que se verá de forma clara a finales de los años veinte, cuando el argumento del valor del deporte se utilice de forma reiterada. Así, en 1917, se comentaba que el mayor enemigo del vicio era el sport, pues este requería al principio ciertos sacrificios y era “incompatible con la vida de café”25. Tanto la izquierda como la derecha renegaban de un ámbito que todos consideraban perjudicial y del que querían sacar a sus adeptos.
Sin embargo, fue en torno a la celebración de la Olimpiada de Amberes en 1920 cuando esta cuestión comenzó a surgir con mayor intensidad. Pocas fechas antes del encuentro olímpico, desde algún periódico navarro se solicitaba el impulso institucional al deporte, incluso planteaba su necesidad en las escuelas infantiles ante lo que era un ambiente no especialmente favorable hacia esta práctica: “Existen en todas partes personas, al parecer cultas, que cuando oyen hablar de deportes muestran un gesto de desprecio […] como […] que no merece la pena ser atendida”26.
En este contexto cabe encuadrar la iniciativa de Leoncio Urabayen, maestro y concejal del Ayuntamiento de Pamplona que, en carta a El Pueblo Navarro, criticaba que el municipio no se preocupara de educar físicamente a los niños, y pedía que se introdujera en el sistema pedagógico la cultura corporal, porque los niños que triunfaban en otros países lo hacían por saber ser fuertes, afirmaba27. Esta referencia europea, muy en boga en la España de comienzos del siglo XX, se iba convirtiendo en el trasfondo de cualquier perspectiva modernizadora, pero en general puede decirse que el ambiente era favorable y el propio Urabayen, con el apoyo de otros concejales, propuso la creación de un campo de deportes municipal en Pamplona equipado y custodiado, al margen de instituciones y clubes privados. Pero la perspectiva sobre el deporte era la amateur, aún muy dependiente del modelo británico y su caballerosidad. Sin embargo, el impacto de las Olimpiadas de Amberes de 1920, las primeras tras la Primera Guerra Mundial, había supuesto un auténtico florecimiento de la práctica deportiva, y especialmente del fútbol, muy influenciada en España por la actuación de su selección nacional en la que fue su primera competición internacional. Un buen reflejo de ello fue la fundación del Club Atlético Osasuna pocas semanas después, recogiendo diversas iniciativas previas28. Además, la competición había entrado con fuerza, como mostraba la carrera pedestre para niños de 12 a 16 años que tenía como premios 25, 15 y 10 pesetas para los tres primeros29. También en Tudela se pedía un “Stadium escolar” en el que los niños pudieran practicar ejercicios dentro del horario lectivo30.
No era una cuestión local. En ese mismo mes de septiembre de 1920, El Pueblo Navarro publicaba las conclusiones de la semana de la cultura física celebrada en San Sebastián, entre las cuales destacaba que la educación física era necesaria para el fortalecimiento de la raza y por ello planteaba su práctica, organizada por los municipios, desde los 6 a los 17 años en las mujeres y en los hombres desde los 6 hasta el servicio militar. “[E]stamos en relación sensible de inferioridad con los ciudadanos de otros países que triunfan en todas las manifestaciones de la vida y tienen ideas y son emprendedores ¡porque saben ser fuertes!”31. El deporte ya no era una mera cuestión de ociosos, estaba en íntima relación con el prestigio como nación/región/localidad, incluso, en términos de la época, con la raza. Al educarse en este sentido, se pretendía que los jóvenes “sean sanos, con salud a toda prueba, y fuertes para luchar en esta vida que de día en día requiere energías mayores”, pero no “para hacer alarde de sus bíceps, ni para mostrar a nadie un tórax amplio; sino para que estén capacitados para la lucha dura” de la vida32. De hecho, el presidente de la Federación Atlética Navarra, Francisco Errea, resaltaba la extensión del entusiasmo deportivo en Pamplona, pues “tenemos todos los días festivos ocasión de apreciar la afición a que aludimos con el solo anuncio de celebrarse algún partido de fútbol de interés o alguna carrera de pedestrismo”. Y alababa esta actitud, aunque rechazando las palabras malsonantes que alguno de los niños pronunciaba, a lo que se oponía con dureza, pidiendo que cualquier espectador les reconviniese33. La mejora de la salud no podía, ni debía, ir en contra de comportamientos y actitudes; había que mejorar el físico sin dejar de lado la mente y el espíritu.
3. “Alegría y salud en los niños”34: El deporte infantil consolidado en los años veinte y treinta
Las voces a favor de la mayor presencia del deporte en las aulas se incrementaron considerablemente en estos años plenos de novedades y de aspiración a la modernidad. Félix Tejedor escribía en 1925 sobre el “Valor pedagógico de los deportes”, que:
[e]l maestro […] puede encontrar en los deportes una serie de poderosos recursos educativos para la formación del temperamento y del carácter; pues siente lo espiritual y lo corpóreo […]. Los deportes no solo vienen a ser el complemento de la educación física, sino también de la espiritual y moral35.
Argumentos como este se retomaron en la década de los treinta. Un tudelano afirmaba:
Llegan los 18 y los 20 años y el joven, asqueado de trabajo intelectual, se entrega furiosamente a los deportes y abandona los estudios en el preciso momento en que serían más productivos... He ahí el absurdo de tal sistema educativo... Propaguemos la afición a los deportes, comenzando por el fútbol que, por su carácter de deporte espectacular, será probablemente el que inaugure una nueva era de regeneración física36.
Es significativo que esta preocupación creciera durante el período en torno a la Segunda República, momento en el cual se retomaron las ideas previas y se trató de darles nuevo impulso. Un ejemplo de ello fue el artículo de Demetrio Garralda en el que se advertía de las consecuencias que en la salud de los niños tenía la falta de deporte. En tono apocalíptico señalaba que “a la gente no le preocupa ver niños encorvados y raquíticos”. Por eso pedía educación física en las escuelas y que se dejara el fútbol de lado hasta los 18 años37. Hubo cartas de apoyo a alguno de estos argumentos, destacando la del doctor Joaquín Canalejo, alcalde de Pamplona durante la dictadura de Primo de Rivera y ya conocido por sus preocupaciones en este sentido. Proponía en su carta la creación en Navarra de una escuela de Educación Física, donde se obligase a todos los futuros maestros a aprender estas prácticas: “Con la educación física obtienen el buen funcionamiento orgánico, que se traduce en un cuerpo sano, ágil, vigoroso y bello”38. Incluso se resumieron las ideas que sobre el deporte tenía la pedagoga Ana María Sanz: “La educación física comprende: el local, escuela y sus campos anejos; el programa escolar; las prácticas constantes de higiene; el vestido y alimento; el juego y la gimnasia”39.
Tal vez debido a este impulso, y a una legislación cada vez más comprometida con la educación física40, se debió que finalmente comenzase a impartirse, a partir de mayo de 1930, un cursillo de educación física en la Escuela Normal, la escuela de los futuros maestros, a cargo de Demetrio Garralda.
Por otra parte, fueron años en que el deporte comenzó la senda de la profesionalización y a los niños se los veía como los potenciales profesionales del futuro. En el mundo del ciclismo, por ejemplo, se potenciaron las llamadas carreras de debutantes, para aquellos que salían de las puertas de la niñez. Era la forma de entrar en contacto con la competición y prepararse para ingresar en los equipos de los clubes más fuertes; un ejemplo de estas competiciones era la Carrera de la Medalla, iniciada en 1929, con pruebas de calificación previas en cada comunidad del País Vasco y Navarra.
Esta tendencia marcaba una creciente tendencia al alza de las iniciativas destinadas a organizar deportivamente a la infancia. Ya hemos visto los argumentos pedagógicos ofrecidos, pero dado que estos hicieron escasa mella en la organización educativa, fueron los clubes especialmente quienes comenzaron a impulsar campeonatos y pruebas destinadas a los niños. Es evidente que, como hemos visto para el caso del ciclismo, no era sino la forma de crear cantera de futuros deportistas profesionales, pero también lo es que su éxito contribuyó a extender una imagen positiva del deporte, incluso considerando a sus competiciones infantiles como el último reducto de la pureza deportiva.
No es de extrañar, por tanto, que desde los primeros años de la década de los veinte nos encontremos con partidos disputados entre las secciones infantiles de los clubes de fútbol que comenzaban a proliferar en Navarra, con especial impulso de los más importantes: Osasuna, Aurora, y otros. No fue sencillo implantar estas competiciones, que contaron con partidarios y detractores. Si El Pensamiento Navarro pidió un campeonato en septiembre de 1921, la contestación de El Pueblo Navarro fue negativa: “No queremos amor propio en los deportistas: queremos y buscamos desinterés personal, amor al deporte; esa afición sana que pone frente a frente a buenos amigos que al terminar la lucha enconada por un ideal común se dan la mano”. Además, señalaba, era preciso controlar el esfuerzo de los niños de acuerdo a sus condiciones físicas: “El fútbol debe ser para niños ya cultivados en ejercicios atléticos”. Por ello, rechazaba la creación de dicho campeonato hasta tanto no se les sometiera a reconocimiento médico y se acortaran las dimensiones de los campos41. Finalmente se puso en marcha a comienzos de 1922, rehuyendo cualquier fin competitivo, pues
[a]l organizar este campeonato infantil, se pretende que los jóvenes aprendan bien lo que son los deportes y a qué obligan... Para ser buen deportista se necesita primero aprender a presentarse y conducirse en público, procediendo siempre con nobleza y lealtad42.
El ideal deportivo, caballeroso y formativo en virtudes sociales se imponía en la teoría. Se tuvieron en cuenta, también, las recomendaciones de El Pueblo Navarro, limitando el desarrollo de la competición a jugadores de entre 11 y 16 años. A fines de marzo comenzaron los encuentros en el campo de la Media Luna, uno de los diversos lugares en los que se había acondicionado un espacio para el juego dentro de la ciudad, con dificultades por el exceso de equipos, lo que hacía que aún siguiesen disputándose encuentros a fines del mes de julio. La reflexión, pese a todo positiva, la manifestaba José María Navaz, ex-presidente del club Sportiva. Señalaba en una carta de agosto de ese año, que si se quería el arraigo del fútbol en Pamplona, era necesario impulsarlo desde el primer momento. Los niños pasaron de sufrir “en calles y plazas la celosa vigilancia municipal y ahorrando de su paga dominguera para poder comprar un balón y constituir un club”, a “jugar sobre montones de grava en un terreno sin marcar y antirreglamentario” en pleno mes de agosto43. Uno de los organizadores contestó a esta carta y expuso las dificultades, que iban desde la necesidad de poner y quitar en cada partido las porterías, hasta el peregrinar por diversos terrenos de juego de la ciudad. Al final, la decisión fue la de suspender el campeonato44.
Es un ejemplo de lo que ocurría en el mundo del fútbol, pero las dificultades no impidieron que al deporte infantil se le siguiese impulsando con fuerza creciente. La idea era que había que educar a los niños para ser buenos deportistas, lo que, según el contexto del momento significaba ser respetuosos, buenos contrincantes, civilizados componentes de la sociedad. Se añadía además que la afición al deporte en Navarra impulsaba esta necesidad. Comenzaron a aparecer pruebas ciclistas para menores de 17 años o carreras pedestres como la que organizó la comisión de Pedestrismo del Club Atlético Osasuna en mayo de 192545. De cualquier forma, debió gustar la iniciativa, porque al año siguiente fueron los “crossmen” de La Navarra F.C. quienes prepararon esta prueba46. También el fútbol continuó desarrollándose tanto con la creación de clubs como a través de competiciones en torneos restringidos. En 1923 saltó al campo de juego el Gymnastic Club Escuelas Pías, una sociedad bajo la dirección de R.P. Adulfo Villanueva, profesor en la Escuela de Comercio y Lenguas de Pamplona, cuyos jugadores y Junta Directiva la conformaban alumnos de las Escuelas Pías de Tafalla47. Los Hermanos Maristas también organizaron torneos y, sobre todo, destaca la Copa Indarra, iniciada en 1929 con unos requisitos de participación bastante estrictos: jugaron los equipos infantiles de los clubes adheridos a la Federación Navarra de Fútbol; los jugadores habrían de tener menos de 18 años y pasar un reconocimiento médico previo. Los partidos constarían de dos partes de 35 minutos con un descanso de 10 minutos. Ya para estas fechas, las dificultades antes mencionadas habían desaparecido: se contaba con varios campos de juego y la colaboración desinteresada del colegio de árbitros, lo que permitió que esta competición se prolongase durante varios años con éxito creciente48. De hecho, como se señalaba en 1933, se comenzó con 150 fichas el primer año y ya se habían alcanzado las 500. La propia Federación Navarra de fútbol pensó en organizar un campeonato, buena muestra de la demanda existente. Por otro lado, como vía para potenciar este deporte destacó la iniciativa de Osasuna de regalar 30 entradas a los niños de cada escuela municipal “que se distinguiesen por su aplicación”49. No hay que olvidar que, en octubre de 1932, cuando se planteaba esta propuesta, Osasuna acababa de ascender a segunda división. Decían en Diario de Navarra: “Se acabaron ya... aquellas súplicas de la chiquillería en la puerta del campo de fútbol: ¡Éntreme Usted!”50. La asistencia infantil a los partidos de Osasuna en el campo de San Juan era numerosa, cercana al 25% del aforo en muchos partidos, lo que supone cifras más que respetables teniendo en cuenta que ese porcentaje era el de los que pagaban51.
Una buena muestra del desarrollo futbolístico infantil la ofreció Jokintxo, el cronista deportivo de Diario de Navarra, en su visita a las campas de la Vuelta del Castillo donde los domingos por la mañana competían entre 40 y 47 equipos, decía. Era diciembre de 1933 y contaba las dificultades del portero de uno de los equipos: “El chaval que hacía de portero, Ederra, empujaba a los espectadores infantiles que se apelotonaban junto a su portería [...] -¡Jobar: dejar ver el juego!”52.
En 1932 se trató de impulsar el I Campeonato Infantil de Pelota de Pamplona, que ya el año anterior no se pudo llevar adelante. La idea era configurar un campeonato escolar limitado a tres modalidades: mano, pala y remonte, todas ellas por parejas. En principio se invitó a las Escuelas Municipales, Ave María, Casa de Misericordia, Colegio de Huarte, Maristas y Escolapios, pero pronto hubo otros colegios de fuera de Pamplona que se interesaron. Hubo por ello que realizar un sorteo para elegir a los participantes. A mediados de marzo de aquel año comenzaron los encuentros en la cancha del Euskal-Jai, cedido para la ocasión. Las finales se disputaron el 27 de marzo con un gran éxito53.
4. Epílogo: hacia un deporte infantil ideologizado
Ante el éxito de las prácticas deportivas y el eco que tenían entre niños y adolescentes, no es de extrañar que pronto despertaran la atención de las organizaciones políticas, especialmente cuando hubo libertad para poder llevar a cabo ciertas formas de encuadramiento infantil, y si ya con la dictadura de Primo de Rivera eran habituales los niños en actos patrióticos diversos, aumentó su presencia con la llegada de la Segunda República. Pero fue sobre todo con el estallido de la guerra en 1936 cuando la ideologización del deporte infantil se hizo más evidente.
Dado que los jóvenes, en su mayor parte, estaban en edad militar, muchos de los festivales benéficos tuvieron como protagonistas a los niños, encuadrados en muchos casos en organizaciones específicas, como la carlista de los Pelayos, y la falangista de los Flechas. La primera de estas organizaciones tenía una fuerza considerable en Navarra, y contaba con el apoyo de una figura de Osasuna, Ramón Urrizalqui, organizador y entrenador del equipo de los Pelayos y, desde enero de 1938, Jefe de la Organización Juvenil de Navarra, la organización común impuesta por la Unificación decretada en abril de 1937. En diciembre de 1936 organizó un festival deportivo en el que no participaron los Flechas, pese a la invitación, “porque no se dedican a este tipo de actividades”, señalaba El Pensamiento Navarro, y fue sustituido por el equipo infantil del Indarra54. Todo el acto tuvo un tono marcadamente militar, pues comenzaba con un desfile desde el Cuartel de Requetés al Campo de San Juan. A continuación, presentación de los equipos en el terreno de juego, al frente de la Bandera nacional, llevada por la madrina de los Pelayos. Saque de honor por una niña para dar comienzo a la primera parte del partido de fútbol. En el descanso, pruebas de velocidad, 110 metros lisos, de relevos cuatro por cien; carrera de cien metros vallas, carrera de sacos, así como otras exhibiciones atléticas. En este caso, las habituales exhortaciones a la asistencia se multiplicaron de forma muy llamativa, resaltando el especial carácter de estos actos. De hecho, fueron un acto de afirmación carlista: “A la hora de dar comienzo el espectáculo las localidades de San Juan asemejaban a un lúcido campo de amapolas, ya que la boina roja lo invadía todo, dándole un aspecto jamás presenciado hasta ahora”. La presencia de autoridades fue abundante, con el Gobernador Civil, el representante del Comandante Militar y el Alcalde, Tomás Mata, que acudía al campo por vez primera desde 1922:
Claro que la presencia del señor Mata el pasado domingo en el campo de futbol no nos sorprendió en parte, pues se trataba de un partido a beneficio del Aguinaldo del Soldado y había sido organizado por los Pelayos, motivos ambos que no podían ser de mayor simpatía para nuestro Alcalde55.
La bandera española fue recibida a los acordes de la Marcha Real y, terminados los actos, llevada en desfile de nuevo al Cuartel de la Merced. La recaudación final, destinada al aguinaldo del combatiente, fue de 1.600 pesetas. El mismo tono tuvo el partido disputado entre el Indarra y el equipo de los Pelayos, a beneficio del requeté56. Se trataba en todos los casos de conseguir la implicación de todos los sectores de la sociedad, niños incluidos, en un ejemplo de guerra total. Nadie debía rehuir su implicación en el conflicto, y la infancia también colaboraba en el esfuerzo de guerra.
Este objetivo tenía como justificación última del deporte infantil la necesidad de formación física para los niños, pero sobre todo moral:
Deporte recreativo, deporte instructivo, deporte-juego para la infancia que edifica —debe edificar, al menos— su futura personalidad sobre sólidos cimientos. ‘Quien siembra recoge’. Para los niños, todos los desvelos, todos los afanes y todas las aspiraciones son pocas, por muchas que creamos poner a contribución de tan nobilísima empresa57.
Colaborando en el esfuerzo bélico se conseguían otros beneficios sociales, como la inserción de la infancia en el marco de referencia que se estaba imponiendo por la fuerza de las armas. Aparecía en la revista Pelayos un artículo sobre el deporte que advertía:
El deporte no ha de ser un ideal, al cual se subordine todo, incluso la vida de familia, la práctica de la religión; no, el deporte ha de ser un medio, para tener buena salud y robustez, a fin de ser útil a la familia, estudiar con más alma y practicar la religión, aunque cueste58.
Una característica de estos partidos infantiles era la insistencia en la unidad de los contendientes: “El encuentro se deslizó en medio de la más completa deportividad, como corresponde a los deportistas hermanos en el ideal”, se señalaba del partido que disputaron los equipos de Pelayos de la Milicia Nacional Tarazona de Aragón y de Tudela59; “Educación deportiva, y amigos siempre, amigos en el campo de juego y fuera de él”, decía la prensa ante el encuentro Minerva-Nacional, en enero de 193960. Este espíritu estaba también presente en la organización de un campeonato infantil por parte de Osasuna a fines de 1937, manteniendo el nombre de Copa Indarra, “para que no se pierda la tradición”. Se animaba a los chavales con las excelencias de jugar en un campo de primera división: “¿Qué os seduce más? ¿Dónde podéis filigranear mejor: en una extensa planicie, sin altibajos ni desniveles, o en un terreno que a cada paso ofrece obstáculos los propios de su configuración natural? Ni dudarlo, ¿verdad?”61. Esta convocatoria comenzó en marzo de 1938, y participaron en ella equipos como Juventud Calasancia, Magdalena, Nacional e Infantes Imperiales, que venció finalmente.
Además de esta competición, desde la primavera de 1938 se desarrolló otra organizada por la Acción Católica y jugada por los equipos de las parroquias pamplonesas. Ambos torneos, siguiendo el signo de los tiempos, se unificaron en su siguiente convocatoria. En buena medida, se estaban tratando de sentar las bases de la recuperación del fútbol navarro tras la guerra: “¿Queremos que el fútbol navarro tenga figuras? Ayudemos a los noveles”, se decía en noviembre de 1938, aunque insistiendo en el valor pedagógico del deporte62. Tras diversos problemas, la unificada Copa Indarra del año 1938 comenzó en la “festividad de la Purísima Concepción, la Virgen Inmaculada, tan querida de nuestra juventud pamplonesa”, en el campo de San Juan, “cedido galantemente por el Club organizador, Osasuna, que tantas pruebas viene dando en favor de los pequeños deportistas, como base de un futuro esperanzador que permita que contemos con notables jugadores navarros”63.
Más puntualmente, se celebraron actos deportivos con motivo del patrón de las organizaciones juveniles de Pamplona, San Fernando, “todos los cuales revistieron la mayor brillantez, como así tenía que suceder, por la acertada disposición de sus jefes, el entusiasmo que pusieron todos sus componentes y la esplendidez del tiempo”. En la prueba ciclista venció un joven de quince años llamado Ignacio Orbaiceta (“un gran corredor en perspectiva”), que recibió por ello “una magnífica copa del señor Alcalde y 25 pesetas”, y se completó el programa con fútbol y atletismo, actividades todas ellas que encauzaban a “los niños por el camino de una sana preparación patriótica y física”64.
El tono político e ideológico lo impregnaba todo. De la misma manera que había ocurrido en Alemania e Italia en los años anteriores, el deporte tenía esa estricta finalidad de mejora física para un objetivo patriótico, por lo que se descartaba todo cuanto pudiera conllevar el profesionalismo, la competitividad que enfrentase a regiones, localidades, etc.: “El fútbol nunca será lo que tiene que ser si, al menos, no se abandonan ciertos egoísmos y cierto aspecto mercantil. Debe hacerse fútbol, y nada más que fútbol; es decir, deporte”65.
Junto a ello, una acusada tendencia intervencionista en el ámbito moral, que iba desde las regulaciones al inicio de la temporada de baños, que establecían medidas para separar a los adultos de los niños y a chicos y chicas entre ellos. Y, además, un intento de establecer una disciplina rígida, cuasi militar en todos los aspectos del deporte infantil. Una buena muestra de ello es este anuncio de los primeros días de 1938:
Se ordena a todos los jugadores de ‘Juveniles Hispanos’ se presenten en el campo de San Juan mañana, domingo, 30 de enero, para las nueve y media en punto de la mañana, oída previamente la misa. Cuantos dejen de cumplir esta orden serán inexorablemente eliminados, no pudiendo, en su consecuencia, participar en el campeonato infantil66.
Una vía para ejercer este control fue la creación de instituciones específicas, como el Frente de Juventudes, organización juvenil de Falange Española Tradicionalista y de las JONS surgida en diciembre de 1940. Su objetivo principal era la educación política, pero en segundo lugar figuraba “la educación física y el deporte”, tanto de afiliados como de no afiliados menores de 21 años, lo que muestra, bien a las claras, ese proceso de ideologización del deporte67.
5. Conclusiones
La pedagoga y feminista sueca, Ellen Key, vaticinó, en 1900, que el siglo XX iba a ser el siglo de los niños68. No erró en su argumentación de cómo dicha centuria marcaría un impasse para este grupo social, no solo llevada por un creciente interés de la sociedad por la infancia y por el reconocimiento de sus derechos, sino también por un mayor conocimiento histórico de los mismos. Un ejemplo de ello se observa en los múltiples planteamientos y discrepancias en torno a la figura del niño y de la infancia a lo largo de las últimas décadas del siglo XX. Autores como Philippe Ariés, David Archard, Hugh Cunningham, Sally Crawford o Carenza Lewis, entre otros, fomentaron el debate en torno al niño, permitiendo una apertura a futuras investigaciones como el análisis del ocio y deporte infantil y sus distintas aristas de estudio. En un contexto en el que las apelaciones a la mejora física y racial eran constantes, el deporte entró de lleno en el terreno educativo, y los gobiernos comenzaron a prestarle atención y recursos por la cada vez más evidente utilidad de su empleo.
En una primera mirada hacia España, y posteriormente más local, en Navarra, se constata la escasa atención a la cuestión del deporte infantil a comienzos del siglo XX, pese a los debates que se generaron. El territorio foral no fue una excepción a esta constante, como tampoco lo es observar su paulatina introducción tanto en el ámbito del tiempo libre como en las escuelas. A este reticente interés se debe añadir la preocupación higienista, ligada al deporte y salud infantil de manera intrínseca, cuya argumentación adquiere un tono patriótico en los años veinte, relacionando el deporte con el prestigio de la nación.
El éxito del fútbol a partir de 1920 proporcionó argumentos a los defensores de la práctica deportiva y extendió la capacidad mitificadora de sus figuras principales, entre las que destacó el guardameta Ricardo Zamora69. Convertido en un referente popular, su imagen se multiplicó, convirtiéndose en un modelo para los niños, que anhelaban imitarle. Sus sueldos, la pugna por hacerse con sus servicios o el aura de imbatibilidad que le rodeaba, lo hicieron un ejemplo a seguir, favoreciendo así la práctica deportiva. A otra escala, los Urkizu, Areta, Echarren, Muguiro, Ilundáin, Lusarreta y otros pioneros del primer Osasuna consiguieron representar ese modelo a nivel local y regional, favoreciendo la identificación y el vínculo con unos colores que eran los propios, generando identidad colectiva, con especial fuerza a partir de su ascenso a primera división en 1935.
Así, las décadas de los años veinte y treinta experimentaron una consolidación doble: por un lado, del deporte infantil como definición de salud en los niños y por otro, destacando la idea de la figura del infante como un potencial profesional del futuro, cuya espiritualidad y moral debían ser reforzadas mediante el deporte. Aparecieron competiciones de equipos infantiles de fútbol, un incipiente atletismo, carreras de debutantes en el mundo del ciclismo o un nuevo impulso a los torneos de pelota en la ciudad de Pamplona.
Esta potencialidad para generar comunidad pronto fue apreciada por la Iglesia, que trató de recoger este impulso deportivo y también por las fuerzas políticas que, bien en la clandestinidad hasta 1930, bien a plena luz desde 1931, percibieron los beneficios que prácticas tan populares les podían proporcionar. Buena parte de ellas impulsaron secciones deportivas en las que niños y adolescentes también tenían su papel, rompiendo así el mito del apoliticismo del deporte, tan pocas veces una realidad.
El golpe de Estado de 1936 y la consiguiente guerra civil incrementaron un proceso de ideologización del deporte infantil. En Navarra, se ha comentado la fuerza considerable de los carlistas y más en concreto de su brazo infantil, los Pelayos, así como la organización falangista de los Flechas a partir del inicio de la guerra. El uso del deporte en los más jóvenes se convirtió en una cuestión de Estado, y así se consolidó tras la victoria de los sublevados. El discurso de la mejora de la raza a través de la devoción a la educación física y culto al cuerpo, ya escuchado desde fines del siglo XIX, fue un argumento repetido y ampliamente empleado en Italia y Alemania por las doctrinas fascistas. Los años del conflicto naturalizaron esos discursos y el intento de adoctrinamiento a través del deporte, pero esa ya es otra historia.
El artículo forma parte del Proyecto de I+D+i PID2022-138385NB-I00, financiado por MCIN/ AEI/10.13039/501100011033
6. Bibliografía
1 Philippe Ariès: Enfant et vie familiale sous l’Ancien Régime, Paris, Plon, 1960.
2 Peter Rushton: “Ariès, Philippe (1914-1984)”, en Kelley Boyd (ed.): Encyclopedia of Historians and Historical Writing, I, Londres, Fitzroy Dearborn, 1999, pp. 50-51.
3 David Archard: Children. Rights and Childhood, Londres, Routledge, 1993, pp. 15-20. También se muestra crítico con Ariès, Patrick Hutton en el artículo que le dedica en A Global Encyclopedia of Historical Writing, I, Nueva York, Garland, 1998, pp. 48-9, dirigida por D.R. Woolf. Igualmente críticos son Sally Crawford y Carenza Lewis: “Childhood Studies and the Society for the Study of Childhood in the Past”, Childhood in the Past, 1/1, 2008, pp. 5-16, https://doi.org/10.1179/cip.2009.1.1.5; Laurence Brockliss y Heather Montgomery: “Introduction”, en Laurence Brockliss y Heather Montgomery (eds.): Childhood and violence in the Western tradition, Oxford, Oxbow Books, 2010, pp. 1-18; Lloyd deMause: “The Evolution of Childhood”, en Lloyd deMause (ed): The History of Childhood, Nueva York, Psychohistory Press, 1974, pp. 1-73.
4 Mar Cabezas: La infancia invisible. Cuestiones ético-políticas sobre los niños, Madrid, Tecnos, 2022, pp. 48-49.
5 Hugh Cunningham: Children and Childhood in Western Society since 1500, Londres, Longman, 1995, pp. 1-18. Coincide con la importancia de la industrialización Colin Heywood: A History of Childhood. Children and Childhood in the West from Medieval to Modern Times, Cambridge, Polity, 2001, p. 40.
6 Fausto López Villabrille: Recreo de la infancia: colección de juegos para niños de ambos sexos, ordenada por F.L.V., Madrid, Impta. a cargo de Pérez Dubrull, 1855. Archivo Histórico Provincial de Capuchinos de Pamplona.
7 Véanse, como ejemplos: Antonio David Galera: “Educación física y protección a la infancia en la I Restauración (1875-1931). Regulaciones laborales e instituciones complementarias escolares”, Cabás, 13, 2015, pp. 1-37; Xavier Torrebadella Flix: “La historia de la educación física escolar en España. Una revisión bibliográfica transversal para incitar a una historia social y crítica de la educación física”, Espacio, Tiempo y Educación, 4/1, 2017, pp. 1-41 y “‘Ladrones de la infancia’. La educación física española entre 1909 y 1914”, Revista educación, política y sociedad, 7/1, 2022, pp. 103-145.
8 Breve historia de la infancia, Madrid, Temas de Hoy, 1998, pp. 85-99 y 99-107.
9 José María Borrás Llop (dir.): Historia de la infancia en la España Contemporánea (1834-1936), Madrid, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1996, p. 13.
10 Jean Louis Guereña: “Infancia y escolarización”, pp. 349-418. Las citas, de la p. 385.
11 Elementos de higiene privada o arte de conservar la salud del individuo, Madrid, Imp. de Rivadeneyra, 1857 (2ª). La cita proviene de J.L. Guereña: “Infancia y escolarización”, p. 385. Sobre este higienista, véase Mercedes Granjel: Pedro Felipe Monlau y la higiene española del siglo XIX, Salamanca, Universidad-Cátedra de Historia de la Medicina, 1983.
12 Gimnasia Higiénica. Sports, juegos corporales, masaje, kinesiterapia y mecanoterapia, Madrid, Imprenta Ripollés, 1897. La cita proviene de A.S. Almeida: “La higiene escolar en España, 1900-1936”, en Luis Enrique Otero y Santiago de Miguel (eds.): La educación en España. El salto adelante, 1900-1936, Madrid, Catarata, 2022, pp. 105-106.
13 A.S. Almeida: “La higiene escolar en España, 1900-1936”, pp. 110-111.
14 Juegos infantiles en Vasconia, Bilbao, Etniker Euskalerria, 1993; Francisco Javier Ema Fernández: “Salud y educación: memoria de las primeras colonias escolares en Navarra, 1913-1936”, en Navarra. Memoria e imagen: Actas del VI Congreso de Historia de Navarra. Pamplona, septiembre 2006, 2, Pamplona, SEHN, 2006, pp. 51-64.
15 Lola Valverde Lamfsus: “El abandono y la exposición de niños en la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del XIX. Situación y reforma de la inclusa de Pamplona”, en Príncipe de Viana, anejo 4 (1986), I Congreso de Historia de Navarra de los siglos XVIII, XIX y XX, 1, pp. 93-118; “Legitimidad e ilegitimidad. Evolución de las modalidades de ingreso en la Inclusa de Pamplona, 1740-1934”, en Infance abandonée et société en Europe, XIV-XX, Roma, 1991, pp. 1169-1197; Entre el deshonor y la miseria. Infancia abandonada en Guipúzcoa y Navarra siglos XVIII y XIX, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1994. También, de Arantzazu Uribe-Etxebarria: Protección a la infancia y maternidad. La Casa de Maternidad y Expósitos de Navarra (1890-1930), Bilbao, Universidad del País Vasco, 2000.
16 Pamplona estrena siglo, Pamplona, Eds. y Libros, 1980 (3ª), pp. 5-15 y 17-35 para los “Juegos callejeros”. La cita, en la p. 5. Véase también su Pamplona ‘belle époque’, Pamplona, Eds. y Libros, 1974, pp. 15-24.
17 Véase, de forma general y para los orígenes del deporte en la Comunidad Foral: Francisco Javier Caspistegui y Santiago Leoné: Cien años de relación entre los navarros y el deporte (1901-2001), Pamplona, Eunsa, 2010.
18 El Eco de Navarra, 13-VII-1903, p. 1.
19 P. Kin: “Foot-ball”, Diario de Navarra, 9-XII-1914, p. 1.
20 El Eco de Navarra, 4-IX-1912, p. 2.
21 El Eco de Navarra, 25-09-1912, p. 1.
22 Dr. Juan López de Rego: “La verdadera gimnasia”, El Pensamiento Navarro, 23-X-1915, p. 2.
23 L.P.: “La voz de la calle”, El Eco de Navarra, 10-III-1912, p. 1.
24 “La gimnasia en las escuelas”, El Eco de Navarra, 24-XII-1912, p. 1. Una visión general en Xavier Torrebadella Flix: “Orígenes de la Educación Física en las escuelas públicas”, Cabás, 13, 2015, pp. 38-69.
25 Hache: “Deportes”, El Pueblo Navarro, 22-X-1917, p. 4.
26 El Pueblo Navarro, 14-IV-1920, p. 4.
27 El Pueblo Navarro, 11-IX-1920, p. 4. Aún publicó algunos artículos más los días siguientes.
28 Félix Monreal y Javier Errea: Osasuna 1920-2020: valiente y luchador, Pamplona, CA Osasuna, 2020.
29 La Voz de Navarra, 23-IX-1925, p. 5 y 29-IX-1925, p. 5.
30 Esteban: “Las escuelas y el deporte”, La Voz de Navarra, 29-X-1927, p. 5.
31 El Pueblo Navarro, 16-IX-1920, p. 4.
32 El Pueblo Navarro, 22-IX-1920, p. 1.
33 “Los niños y el deporte”, Diario de Navarra, 8-XII-1923, p. 10.
34 Diario de Navarra, 20-X-1934, p. 9.
35 La Voz de Navarra, 27-XI-1925, p. 5.
36 Sportman: “En Tudela”, Diario de Navarra, 16-II-1930, p. 8.
37 Demetrio Garralda: “La educación física en las escuelas españolas”, Diario de Navarra, 5-II-1930, p. 1. Un ejemplo similar en: David Mota Zurdo: “La educación física, los gimnasios y la práctica deportiva a través del diario La Rioja (1890-1920)”, Brocar. 44, 2020, pp. 195-212.
38 J[oaquín] Canalejo: “De educación física. Para Don Demetrio Garralda”, Diario de Navarra, 6-II-1930, p. 3. También intervino Julián Troncoso, capitán de caballería y profesor de gimnasia, “Educación física. La cartilla gimnástica infantil”, Diario de Navarra, 13-IX-1930, p. 3, que posteriormente sería presidente de la Federación Nacional de Fútbol desde su reconstitución en la zona nacional durante la guerra civil. Sobre él, véanse Julián García Candau: El deporte en la guerra civil, Madrid, Espasa, 2007, pp. 150-152; Félix Martialay: “Troncoso Sagredo, Julián”, en Diccionario Biográfico Español, XLVIII, Madrid, Real Academia de la Historia, 2013, pp. 466-467.
39 Demetrio Garralda: “De educación física”, Diario de Navarra, 14-II-1930, p. 3.
40 Por ejemplo, la provisión de plazas de profesores especiales de educación física para las Escuelas Normales de Maestros y Maestras (Gaceta de Madrid, 365, 31-12-1914, p. 988); la convocatoria de una asamblea general de personas y colectividades interesadas en el desarrollo de la educación física (Gaceta de Madrid, 69, 10-03-1922, pp. 1066-1067 y 111, 21-04-1922, p. 278); la prescripción de la Cartilla Gimnástica Infantil, como guía para la educación física en las Escuelas nacionales de Primera enseñanza (Gaceta de Madrid, 171, 19-06-1924, p. 1393); los cursos de perfeccionamiento para inspectores de primera enseñanza sobre educación física en la Escuela Central de Gimnasia de Toledo desde 1924; la creación de una comisión interministerial para orientar, unificar, reglamentar y organizar todo lo relativo a educación física de la infancia y juventud (Gaceta de Madrid, 129, 09-05-1925, pp. 765-766), entre otras medidas.
41 El Pueblo Navarro, 8-IX-1921, p. 4.
42 El Pueblo Navarro, 3-II-1922, p. 4.
43 El Pueblo Navarro, 8-VIII-1922, p. 1.
44 El Pueblo Navarro, 10 y 13-VIII-1922, p. 4.
45 La Voz de Navarra, 5-V-1925, p. 5. Véase el ejemplo riojano en David Mota: “El velocipedismo/ciclismo en La Rioja en el siglo XIX: sobre el origen e historia de las sociedades Veloz Club Riojano de Logroño y Club Velocipedista Harense”, Materiales para la historia del deporte, 20, 2020, pp. 39-53; y “El ciclismo riojano en el siglo XX: Logroño como motor deportivo (1900-1920)”, Citius, Altius, Fortius, 13/1, 2020, pp. 19-35.
46 La Voz de Navarra, 21-IV-1926, p. 5.
47 Juventud Calasancia, 20-V-1923, pp.6-7.
48 Diario de Navarra, 2-X-1930, p. 8.
49 Diario de Navarra, 5-X-1932, p. 8.
50 Diario de Navarra, 7-II-1932, p. 8.
51 Véanse cifras en: Francisco Javier Caspistegui y Santiago Leoné: “Espectáculos públicos, deportes y fútbol en Pamplona (1917-1940)”, en F.J. Caspistegui y John K. Walton (eds.): Guerras danzadas. Fútbol e identidades locales y regionales en Europa, Pamplona, EUNSA, 2001, pp. 51-86, y concretamente, pp. 57-60.
52 Diario de Navarra, 15-XII-1933, p. 8.
53 Diario de Navarra, 14, 17, 25 y 28-II-1932, todos en p. 8.
54 El Pensamiento Navarro, 6-XII-1936, p. 4.
55 El Pensamiento Navarro, 15-XII-1936, p. 4.
56 “Esta tarde en San Juan. A beneficio del Requeté”, El Pensamiento Navarro, 4-IV-1937, p. 4. Sobre el uso de la infancia por el carlismo: Francisco Javier Caspistegui: “Los niños carlistas en 1936: ¿Insertos en una cultura de guerra?”, Historia y Política, 53, 2025, https://doi.org/10.18042/hp.2025.AL.06.
57 El Pensamiento Navarro, 26-I-1938, p. 4.
58 Mariano Vilaseca: “El Pelayo y los deportes”, Pelayos, II/15, 4-IV-1937, p. 2. Sobre esta revista, véase: Francisco Javier Caspistegui, Ignacio Urricelqui y Silvia Lizarraga: ¡Cuántos son mis soldados! Pelayos, ilustrando una infancia bélica, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2022.
59 “En Tudela. Partido entre dos equipos de Pelayos”, El Pensamiento Navarro, 28-IV-1937, p. 4.
60 El Pensamiento Navarro, 29-I-1939, p. 4.
61 “¡¡Deportistas infantiles!!”, El Pensamiento Navarro, 23-I-1938, p. 4.
62 El Pensamiento Navarro, 17-XI-1938, p. 6.
63 El Pensamiento Navarro, 3-XII-1938, p. 6.
64 El Pensamiento Navarro, 31-V-1938, p. 6.
65 El Pensamiento Navarro, 5-III-1939, p. 5.
66 El Pensamiento Navarro, 29-I-1938, p. 4.
67 Art. 7º, Ley de 6 de diciembre de 1940 instituyendo el Frente de Juventudes, BOE, 342, 7-XII-1940, pp. 8392 a 8394, especialmente p. 8393.
68 Ellen Key: El siglo de los niños, Madrid, Morata, 2021.
69 Juan Antonio Simón: Construyendo una pasión. El fútbol en España, 1900-1936, Logroño, Unir, 2015, pp. 201-218.