Club de Tenis de Pamplona: elitismo y modernidad

María del Mar Larraza Micheltorena

Universidad de Navarra.
mlarraza@unav.es

ISSN: 2445-0782

DOI: https://doi.org/10.55698/SS48-2025-05

Cómo citar: Larraza Micheltorena, María del Mar (2025). Club de Tenis de Pamplona: elitismo y modernidad. Sancho el Sabio: revista de cultura e investigación vasca, 48.
https://doi.org/10.55698/SS48-2025-05

Fecha de recepción: 28-II-2025

Fecha de aceptación: 09-V-2025


RESUMEN

El objetivo es doble: por un lado, estudiar los orígenes del tenis en Pamplona, una actividad de élites sociales deseosas de unirse a la modernidad que representaba el deporte mediante un juego selecto y ejercitado de forma amateur; y por otro, analizar a través de la trayectoria del Club de Tenis el modelo de ocio de las clases elevadas; el club combinó deporte y sociabilidad, y se distinguió por una notable presencia femenina, siendo el primer club deportivo presidido por una mujer

PALABRAS CLAVE

tenis, Pamplona, elitismo, modernidad, mujer

LABURPENA

Helburua bikoitza da: alde batetik, Iruñean tenisaren jatorria aztertzea, kirolak ordezkatzen zuen modernitatearekin bat egin nahi zuten gizarte eliteen jarduera bat, modu amateurrean egindako joko hautatu baten bidez; eta, bestetik, Tenis Klubaren ibilbidearen bidez, goi mailako klaseen aisialdi eredua aztertzea; klubak kirola eta soziabilitatea uztartu zituen, eta emakumeen presentzia nabarmenagatik nabarmendu zen, emakume bat buru zuen lehen kirol kluba izanik

GAKO-HITZAK

tenisa, Iruñea, elitismoa, modernitatea, emakumea

ABSTRACT

The aim is twofold: on the one hand, to study the origins of tennis in Pamplona, an activity of social elites eager to join the modernity represented by sport through a select game played on an amateur basis; and on the other, to analyse through the trajectory of the Tennis Club the leisure model of the upper classes; the club combined sport and sociability, and was distinguished by a notable female presence, being the first sports club to be presided over by a woman

KEY WORDs

tennis, Pamplona, elitism, modernity, women


1. Introducción1

El 22 de junio de 1918 se firmó el acta fundacional del Club de Tenis de Pamplona. La práctica no sólo del tenis sino del deporte en general era un fenómeno relativamente reciente. Tiende a considerarse que el deporte en sentido estricto apareció cuando los viejos juegos tradicionales se transformaron en actividades físicas entendidas como un fin en sí mismas y dotadas de unas reglas fijas aceptadas de modo universal. Este decisivo cambio se habría operado desde mediados del siglo XVIII en las public schools inglesas, establecimientos educativos para los hijos varones de las élites. Como indica Bourdieu, en dichas instituciones “el deporte es concebido como entrenamiento del coraje y de la hombría, ‘forma el carácter’ e inculca la ‘voluntad de ganar’, que es el sello del verdadero líder, pero un afán de triunfar dentro de las reglas. Este es el ‘fair play’, ideado como una disposición aristocrática totalmente opuesta a la búsqueda plebeya de la victoria a toda costa”. Ya en el siglo XIX, se dio el salto al ámbito universitario, “donde se reglamentaron definitivamente el fútbol, el rugby, el atletismo, etc…”2, y de él a los clubs de caballeros, elitistas y selectivos, de cuya agrupación nacieron las primeras asociaciones deportivas, encargadas de organizar y reglamentar cada deporte: la pionera fue la de fútbol (1863).

El juego del tenis experimentó su resurgimiento en 1873, cuando el mayor Wingfield, intuyendo sus posibilidades comerciales, patentó una nueva versión, que ligeramente revisada, pasó a denominarse lawn tennis y se difundió rápidamente por EEUU, Francia y Alemania. Su lanzamiento definitivo estuvo ligado al All England Croquet Club, el actual Wimbledon, que acogió la práctica del tenis dado su éxito y realizó el primer gran torneo en 1877, inaugurando así la historia del tenis moderno. En 1888 se fundó la Lawn Tennis Association y, ya en 1912, surgió la Federación Internacional de Tenis, que desde entonces promulga las reglas y organiza las principales competiciones3.

En un primer momento la única modalidad admitida fue la “amateur”, pero la eclosión de sociedades y federaciones en los años interseculares, trasunto de la profunda transformación que significó la emergencia de la sociedad de masas, vendría a trastocar aquella realidad. La paulatina socialización del tiempo de ocio fue una novedad cultural extraordinaria que, a su vez, abrió la puerta a la universalización del deporte. La actividad deportiva, que había surgido “como una forma de cultivar el espíritu y el cuerpo de los jóvenes aristocratizantes”4, fue adoptada primeramente por la burguesía, que al fair play añadió valores propios de la ética de la empresa privada, como el esfuerzo, la superación personal o el éxito5, y en pocos años acabó alcanzando a las clases medias de las grandes ciudades y finalmente a los sectores obreros. No todas las especialidades deportivas vivieron una popularización semejante, pero las que dieron el tono a aquella época fueron las que gozaron del fervor mayoritario del público, ya fuera el boxeo, el ciclismo o muy especialmente el fútbol, auténtico fenómeno de masas, no sólo por la extensión de su práctica, sino sobre todo por “su conversión en un espectáculo que llenaba estadios”. “El deportista era presentado por los medios como un héroe, y las masas encontraban en este nuevo personaje del siglo XX un arquetipo al que admirar”6. Pronto, la profesionalización pareció inevitable y se extendió entre los deportes más populares -y rentables-, quedando así servida la polémica con el amateurismo originario.

Más allá de aquellas disputas, un halo de prestigio envolvió al deporte y, en general, a la actividad física: en el contexto darwinista de entresiglos se concibió como “una práctica higiénica y beneficiosa para la mejora de la raza”7, portadora también de valores altruistas, de superación, disciplina, camaradería o espíritu de equipo. El deporte tuvo asimismo una innegable dimensión patriótica en aquella Europa tan polarizada y fomentadora de referentes identitarios nacionales, pero, sobre todo, encarnó la modernidad y ese atractivo lo convirtió en una de las formas de ocio de mayor calado. Representaba una nueva manera de divertirse, claramente urbana, y además propia de un colectivo que, sobre todo tras la I Guerra Mundial, emergió como “una categoría social que quería romper con el mundo anterior: la juventud”. “Todo el mundo quería vivir de una manera más juvenil” y la práctica deportiva que impulsaron los jóvenes fue esencial para la modernización de las costumbres8. El deporte del período de entreguerras quedó identificado “con la innovación, la modernidad y el progreso, o lo que es lo mismo, con la vanguardia de una sociedad que deseaba romper los lazos con el estado de cosas anterior a 1914, que era percibido, además, como una cosa rancia y trasnochada”9.

España no fue ajena ni a los nuevos contornos sociales ni al brillo de la actividad deportiva. La influencia británica resultó decisiva ya desde las últimas décadas del siglo XIX, cuando el deporte llegó a nuestro país tanto de la mano de los trabajadores ingleses en las minas del sur como a través del contacto comercial en los puertos del norte. La misma casa real, sobre todo tras el matrimonio de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg, acogió la práctica deportiva y la llevó de la capital a las playas del norte, seguida e imitada por unas élites que le dieron un toque distinguido. Los nuevos hábitos se beneficiaron igualmente de los aires regeneracionistas del cambio de siglo e impregnaron la cultura institucionista que arraigó entonces entre la burguesía ilustrada10. Madrid, Cataluña y el País Vasco fueron los principales núcleos del incipiente fenómeno deportivo español, que también vivió tanto un proceso de popularización como de progresiva institucionalización con la creación de la mayoría de las federaciones deportivas. La de tenis dataría de 1909.

Sólo unos años antes se había creado el Real Club de Tenis de San Sebastián (1904). No parece aventurado suponer que algunos miembros de las élites navarras vieran en él un faro de modernidad y decidieran crear algo semejante en la recoleta Iruña. En los orígenes del Pamplona Lawn Tennis Club, con todo, tuvieron asimismo importancia otros dos protagonistas: los militares de la plaza y la colonia de alemanes que, por azares de la I Guerra Mundial, recaló en la capital navarra en 1916.

2. Los orígenes del Club pamplonés

Para aquel entonces parece que la práctica del tenis ya se improvisaba en la plaza de toros11, pero para los amantes de aquel “sport” era imperativo hacerse con un espacio propio; la posibilidad de alquilar unos terrenos municipales hasta entonces gestionados por la Asociación de Cazadores y Pescadores de Navarra para la práctica del tiro pichón y de la hípica y ubicados en lo que sería la futura avenida de Carlos III, allanó el camino para la fundación del Club de tenis pamplonés.

El citado 22 de junio de 1918, el Casino Principal “acogió la reunión en la que se constituyó la sociedad” y en la que “estuvieron presentes once hombres: Jesús Jaurrieta, Pablo Eltester, Julio Maset, Antonio Müller, Joaquín Elío, Ysidoro Serrate, Pedro Mª Galbete, Antonio Cortí, Segundo Peralta, Willi Yünglen y Bertome Kamn”. El listado es muy elocuente y descubre las sinergias que concitó la práctica de aquel deporte, todavía snob. La mitad eran “distinguidos jóvenes pamploneses”, representantes de la variedad de perfiles de la élite local: Jesús Jaurrieta, primer presidente del Club, abogado de 33 años e hijo de un importante corralicero de Beire; Joaquín Elío Mencos, II Marqués de la Lealtad, que le relevaría al frente del Club, propietario de 31 años; Pedro Mª Galbete, de 29 años, abogado y propietario; Antonio Cortí, farmacéutico, y Segundo Peralta, de 35 años, destacado comerciante. La otra mitad de los reunidos, y esto es quizá lo más reseñable, la componían militares de la plaza de alta graduación (Julio Masset e Ysidoro Serrate -26 y 24 años-) y muy particularmente miembros de la colonia alemana ubicados en la Ciudadela, tres militares y un comerciante que daban el tono europeo a la reunión. Cabe suponer que llegaron a ella de la mano de los representantes del ejército español12.

La relación entre el ejército y el deporte, objeto de un creciente interés historiográfico, también se había ido fraguando desde mediados del XIX, cuando las escuelas militares británicas, a imitación de las public schools, empezaron a utilizar las prácticas deportivas “para dar un sentido de disciplina y de finalidad al ocio de sus alumnos”. El aumento espectacular del número de deportes, practicantes y espectadores en la sociedad civil británica desde 1870 actuó como un gran estimulante en la preparación física de los soldados, de tal modo que en vísperas de la I Guerra Mundial, el ejército inglés ya había impulsado “organizaciones deportivas y estructuras competitivas”. “Se esperaba que el deporte ayudara a formar el nuevo tipo de soldado que requerían los avances tecnológicos”. “Presumiblemente, siguiendo el ejemplo británico, el ejército alemán (…) incorporó el deporte a su programa de entrenamiento a principios del siglo XX para fomentar la agilidad y el trabajo en equipo”. Para 1914, entre algunos ejércitos regulares ya se aceptaba “que el deporte podía tener una serie de beneficios prácticos: aumentar la forma física, reducir la embriaguez, ayudar a construir la identidad del regimiento (…)”. Y esto se percibía así hasta el punto de verse “el deporte y la guerra como versiones el uno del otro”: “el deporte era una ‘imitación de la guerra’ y la guerra sólo el ‘juego más grande’. (….) Los juegos producían no sólo las cualidades físicas sino también las morales requeridas en un buen soldado: valor y estoicismo, rapidez mental y de decisión, dotes de liderazgo y lealtad al equipo”. La victoria aliada en el conflicto pareció confirmar aquella conexión y el deporte pasó a convertirse en parte integral del sistema militar13.

En lo que respecta al tenis, como se ha dicho, fueron asimismo los militares británicos quienes inventaron la versión moderna del law tennis. Parece claro que su conocimiento llegó a los cuarteles españoles y el de Pamplona no fue excepción. Una atenta mirada al listado de los 101 socios fundadores del Club pamplonés confirma la presencia en él de algo más de un 10% de personas vinculadas a la milicia, cuyos titulares siempre formaron parte de las juntas directivas. Quizá su sintonía con los jóvenes de la élite pamplonesa, más allá de la común afición a un deporte practicado tanto en medios castrenses como civiles, pudo deberse a la cercanía social que deparaba la total incardinación de las dependencias militares en el entramado urbano, circunstancia asociada a la categoría de plaza fuerte de Pamplona. “En 1921, la guarnición militar de Pamplona contaba con 2.175 hombres, de los cuales 1.100 pertenecían al arma de Infantería, 600 a Caballería, 400 a Artillería, 40 a Intendencia y 35 a Sanidad”14, si bien la dotación experimentó un pequeño descenso en los años siguientes. En cualquier caso, son cifras elevadas para una ciudad que osciló entre los 32.635 habitantes de 1920 y los 42.259 de 193015. Una descripción barojiana -cargada de ironía- acerca de las relaciones sociales en la Pamplona que vio nacer al Club de tenis quizá pueda ayudar a entender aquel nexo entre élites y ejército:

Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de militares, de curas y de perros. (…). Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En lo alto había dos o tres familias aristocráticas (…) Después (…) había otras seis o siete ya de menos tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartalado, pero todavía en buen uso, en la cuadra. Tras este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos (…). Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército, en su alta esfera, llegaba a veces al primer tramo; pero lo más corriente es que se quedase en el segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie (…) El clero era, naturalmente, aristocrático y absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica pamplonesa. (…) Aristocracia, clero, ejército y clase media formaban un pequeño mundo. (…) Pamplona, encerrada en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. (…) Tras la aristocracia pamplonesa venía la clase media, formada por leguleyos y comerciantes, y después el pueblo. Desde arriba a abajo (…) Pamplona era un pueblo intoxicado por la clericalina. (…)16.

En la historia a tres bandas de los orígenes del Club de Tenis el que sí queda claro es el nexo entre los militares de la plaza y aquella colonia de alemanes que llegó por pura casualidad a nuestra ciudad, donde permaneció de 1916 a 1918, y en algunos casos, aún más. El episodio hace referencia a la huida de los súbditos alemanes de la colonia del Camerún, invadida por los aliados, hacia la vecina posesión española de Guinea Ecuatorial, desde donde, tras un acuerdo entre Francia, Gran Bretaña y las autoridades hispanas, fueron trasladados a la península e internados en distintas localidades, a fin de evitar su fuga y reincorporación al Ejército del Kaiser17. Junto a Zaragoza, Aranjuez, Alcalá de Henares y algún otro núcleo pequeño, Pamplona fue una de las ciudades destinatarias. El 6 de mayo de 1916 llegaron en tren los 217 refugiados: “dos capitanes, diez oficiales subalternos, cinco médicos, un consejero del gobernador de Camerún, 52 civiles, una dama, el jefe de la estación radiotelegráfica de Duala, tres criados y 142 suboficiales y soldados”18. Los oficiales fueron alojados en casas particulares y los soldados en la Ciudadela.

Lo más llamativo, aquí y en otras partes, fue el caluroso recibimiento que les dispensó la población. Y es que la Gran Guerra no dejó inmunes a los países no combatientes, en los que la toma de postura ante el conflicto acabó infiltrándose en las disputas de la política local. La germanofilia arraigó en Navarra sobre todo entre las fuerzas de la derecha, aunque con matices, y se presentó como una abanderada de la neutralidad, “consciente de que la participación en la contienda implicaría una alianza con la Triple Entente”. Diario de Navarra, el periódico de más tirada, representante oficioso del maurismo en esta tierra, lideró una campaña neutralista pro-alemana de notable éxito, si bien pronto tuvo enfrente a El Pueblo Navarro, el nuevo órgano de prensa liberal, nacido en febrero de 1916, igualmente neutralista, pero partidario de los valores culturales y políticos representados por los aliados. En medio de aquella “guerra civil de palabras”, en la acertada expresión de Alejandro Pulido, la llegada de la colonia alemana a Pamplona resultó ser un revulsivo de la germanofilia de una parte considerable de la población que, sin duda también por curiosidad y por hospitalidad, se acercó a dar la bienvenida a los teutones y a empatizar con ellos. Los nuevos huéspedes fueron asimismo recibidos por las autoridades militares. Se sabe que ese mismo año de 1916, en el mes de octubre, hubo un intento de fuga, en cuyo plan tuvieron intervención indiscutible algunos de los confinados en Pamplona, y se sabe también que algunos de ellos protagonizaron pequeños incidentes y desórdenes públicos a lo largo de su estancia, pero la tónica general fue la de una convivencia muy cordial con el vecindario. De hecho, serían “despedidos con vivas durante su repatriación en noviembre de 1919”19.

De su deseo de adaptarse a su transitorio destino pamplonés da fe la presencia de los cuatro súbditos alemanes citados en la reunión fundadora del Club de Tenis. Su papel fue importante: dos de ellos, Pablo Eltester y Antonio Müller, integraron la inicial junta provisional surgida de aquella reunión y encargada de la redacción del primer reglamento. Junto a otros compatriotas -Yünglen, Fuero, Karhm, Fraude, Besler y Kale- suscribieron obligaciones tras ser admitidos como socios en la primera Junta General extraordinaria, (17-X-1918), y ambos volvieron a formar parte de las juntas directivas de ese año y del siguiente20. Aunque luego desaparecen de este escenario, su presencia interesa por el tono moderno que dieron a los orígenes del Club, que con ellos, de alguna manera, quedó alineado con los países más avanzados de Europa.

3. Una sociedad deportiva selecta

A la reunión fundadora de los 11 hombres de junio de 1918 siguió la inauguración de los campos de juego el día 5 de julio; su ubicación en terrenos del futuro II Ensanche pamplonés, la ciudad nueva todavía sin empezar a construir, aportaba un rasgo más de modernidad. La sencilla crónica que hizo la prensa local del acto ya contiene todos los ingredientes que caracterizarían al Club en sus inicios:

Ayer se inauguraron los campos de juego de la nueva sociedad de sport ‘Pamplona Lawn-tennis Club” en el solar cerrado por la Asociación de Cazadores y Pescadores de Navarra para el tiro de pichón. Puede decirse que el acto fue una reunión de los componentes de la nueva Sociedad en cuyas listas figuran gran número de nombres de señoritas y jóvenes de la sociedad pamplonesa. Se jugaron algunos partidos de muchachos solos y de parejas mixtas y luego se sirvió el té a todos los concurrentes, terminando la inauguración con un baile al aire libre, en pleno campo. La música de manubrio resultaba muy a propósito para el lugar21.

Es decir, un club integrado mayoritariamente por jóvenes de las capas altas de una pequeña capital de provincia, con una llamativa presencia de señoritas, que encontró en la anhelada práctica de un deporte de moda la oportunidad añadida de constituir un lugar de encuentro y diversión propio, alejado de la sociabilidad formalista de sus mayores. Según refiere la prensa, todos los días del verano se jugaron allí partidos que, sin duda, ayudaron a forjar lazos entre los asistentes y también a extender el interés por este deporte, de tal modo que en la posterior junta general extraordinaria de octubre ya fueron 101 personas las inscritas como socios fundadores, 56 hombres y 45 mujeres. Su radiografía ayudará a terminar de perfilar aquella experiencia, llena de rasgos de modernidad, pero también manifestación de comportamientos tradicionales22.

El primer trazo es la exultante juventud de los miembros del Club, algo, en principio, totalmente esperable. La mitad de los socios contaba con una edad comprendida entre los 20 y 30 años, una proporción cercana a las tres cuartas partes si incluimos al tramo de los más jóvenes. Al Club se iba a jugar y a socializar, y qué mejor edad para hacerlo.

Gráfico 1.
Grupos de edad de los socios del Club de tenis (1918)

Por ello mismo, tiene su interés comprobar que casi un 30% de los inscritos fueran mayores de 30 años, personas que comenzaron a jugar al tenis con una cierta edad y cuya decisión probablemente tuvo que ver con el carácter tanto elitista como virtuoso de aquel deporte. “Los deportes burgueses -reflexiona Bourdieu23-, practicados principalmente por sus funciones de mantenimiento físico y por el beneficio social que acarrean, tienen en común el hecho de que su edad límite sobrepasa con mucho la juventud, de forma que a las prácticas más prestigiosas y distintivas (…) les corresponde, quizás, un abandono más tardío”.

En lo que sí es compacta la nómina de inscritos como socios fundadores es en su rango social, de tal modo que el conjunto se presenta ante nuestros ojos como un pequeño microcosmos de la cúspide de la sociedad pamplonesa, con su mezcla de aristócratas, militares, propietarios, industriales y comerciantes de pro, abogados, altos funcionarios y profesionales liberales; es decir, viejas y nuevas élites en continua interacción. En aquel entonces, el ocio era un trasunto fidedigno de las diferencias sociales; si bien se ha escrito que uno de los valores modernizantes del deporte habría sido precisamente su capacidad para ir difuminando esas diferencias al popularizar algunas modalidades, llenar campos de juego y estadios con gentes de muy distinta condición y contribuir a asentar la idea integradora de comunidad nacional, lo cierto es que algunas prácticas deportivas siguieron siendo excluyentes y ambivalentes al ser concebidas ex profeso para preservar la tradición bajo el nuevo ropaje24. El tenis fue rabiosamente moderno y, al mismo tiempo, inequívocamente clasista. Las elevadas cuotas por pertenecer al Club, las que debían pagar los propios raquetistas por participar en una competición, que podían oscilar entre las dos y las diez pesetas a comienzos de los veinte, o el precio de las entradas, de unas tres pesetas, cuando las que se pagaban por ver fútbol o pelota rondaban los cincuenta céntimos25, constituían una primera barrera de acceso a nuestro sport. Pero no la única, pues otros requerimientos, ligados no tanto al capital económico como al capital cultural del tenis, actuaban en igual sentido selectivo: contar con una tradición familiar y un aprendizaje temprano, con la vestimenta obligatoria o con un círculo de relaciones determinado26, eran asimismo aspectos inaccesibles a las clases trabajadoras que preservaban el entorno selecto del Club.

Gráfico 2.
Grupos profesionales de los socios varones del Club de tenis (1918)

Impregnando el perfil profesional de los socios fundadores se hallaba un escogido ramillete de títulos nobiliarios, que a su condición aristocrática añadían la de propietarios, militares o abogados. Su peso era notable; si tomamos también la referencia de las mujeres de su rango, suman un colectivo de 13 personas, depositarias de otros tantos títulos: los de Vizconde de Val de Erro, Marqués de Vesolla, Marqués de la Lealtad, Marqués de las Navas, Marqués de la Real Defensa o Conde de San Enrique, ostentados por hombres, y los de Marquesa de Fuensanta, Marquesa de Echandía, Marquesa de Campo Real, Condesa de Espoz y Mina, Condesa del Vado, Condesa de Ayanz o Baronesa de Oña, correspondientes a mujeres. El listado de casas nobiliarias es lo suficientemente amplio como para pensar en un apadrinamiento aristocrático del Club: en verdad, ellos ya contaban con el Casino Principal o con la Asociación de Cazadores y Pescadores y la práctica del tiro de pichón para su esparcimiento, pero para ellas era una novedad total disponer de un lugar donde era posible divertirse y socializar con mucha más autonomía y sin contravenir las normas del decoro y la etiqueta. Todo sugiere que se apuntaron en tropel y que arrastraron en esta actitud a otras muchas chicas de las familias bien de Pamplona.

El segundo colectivo profesional destacado es el de los militares, que igualmente asciende a 13 socios, todos poseedores de cierta graduación: entre ellos, junto al Marqués de Vesolla, que ostentaba el rango de coronel de caballería, figuraban un teniente coronel, un comandante de Estado Mayor, cuatro capitanes, y varios tenientes (o que llegarían a serlo en breve), además de algún alférez y de un súbdito alemán. En definitiva, cuadros militares altos y medios, porque también en este ámbito practicar tenis no era cosa de la tropa. La significación que tuvieron desde un principio no dejó de acompañar al Club: hubo representación militar en todas las juntas entre 1918 y 1939, algunos años con dos y tres miembros. El caso más relevante es el de Julio Masset, teniente de Intendencia en 1918 y coronel de Intendencia en 1945, cuando cesó en el Estado Mayor, miembro en todas las directivas hasta después de la guerra, y de modo preeminente desde 1930, como vicepresidente de la entidad.

Deporte, aristocracia, ejército: de aquella sintonía también participaron otros muchos jóvenes pamploneses de status social alto, que cabría caracterizar como miembros de la burguesía de la capital y que, descontado el colectivo femenino, vendrían a suponer los dos tercios restantes de la nómina de socios fundadores. La nueva sociedad del tenis acogió a la parte más joven del selecto núcleo pamplonés vinculado por la riqueza, la posición social y la cultura, y por ello se convirtió en reclamo para quienes ansiaban distinción. “Ganancias de distinción” llama Bourdieu a las que deparaban la mayoría de los clubs más selectos, organizados en torno a actividades deportivas que servían de pretexto de encuentros electivos y donde la activa participación deportiva se oponía “al mero consumo de entretenimientos deportivos”, es decir, al deporte espectáculo, más propio de las modalidades populares27.

No parece haber dudas acerca del porqué se dio aquella inicial afiliación, pero resulta igualmente interesante conocer el cómo. Sólo con organizar por orden alfabético el listado de primeros socios, se descubre hasta qué punto fueron decisivos los núcleos familiares y las motivaciones endogámicas para entrar al Club. En torno a 60 personas de las 101 iniciales tenían algún tipo de parentesco entre sí. En general, junto a varios matrimonios de mediana edad, se trató de chicos y chicas hermanos, entre los 16 y los 30 años, que acudieron al encuentro de sus amigos, ya sin sus progenitores, salvo alguna excepción. Así lo hicieron, por citar algunos ejemplos, Kuky Alzugaray y sus primos Charito, Gloria y José Alzugaray Jácome, hijos del rico propietario José Alzugaray de la Vega; las hermanas Josefina y María Luisa Baleztena Azcárate, que acabaron contrayendo matrimonio con dos hermanos de Jesús Jaurrieta Múzquiz, el que fuera primer presidente del Club, quien también se inscribió acompañado de su hermana Concha. La familia Mencos Bernaldo de Quirós estaba al completo: Mercedes, Marquesa del Vado, Francisco Javier, Marqués de las Navas, y Tiburcio, Marqués de la Real Defensa, hijos todos del Conde de Guenduláin. Lo mismo podría decirse de los hermanos Elío Gaztelu (Ana Mª, Marquesa de Campo Real; Isabel, Condesa de Ayanz, y Rafael, heredero del Vizcondado de Val de Erro y del Marquesado de Vesolla), y de sus parientes los Elío Mencos, que darían dos presidentes al Club: Joaquín, Marqués de la Lealtad (1924-1927) y Dolores (1931-1939). Cabría citar también a José Mª y Pilar Gaztelu Sánchez, del Marquesado de Echandía.

El número de socios y socias aumentó considerablemente hasta los 250 inscritos de la II República, una cifra que duplicaba con creces la nómina inicial, pero que no desbordó el estrecho segmento de la élite de la capital. Las líneas de parentesco existentes entre los miembros fundadores no dejan lugar a dudas acerca del carácter antes social que deportivo de la sociedad de tenis pamplonesa. La citada crónica periodística del día de inauguración de los campos de juego ya dejó constancia del modus operandi de lo que habrían de ser las tardes “sociales” en el club: primero, “partidos de muchachos solos y de parejas mixtas”, después el té y, para terminar, baile al aire libre. Quede el cuadro genealógico de la familia Gaztelu, cuyos miembros jóvenes (en la columna de la derecha) se apuntaron casi en su totalidad, como la expresión más depurada de lo hasta aquí dicho.

Gráfico 3.
Miembros de la familia Gaztelu entre los socios fundadores del Club de Tenis

Es posible una última consideración acerca del perfil de los primeros socios, y es la inevitable conexión con la vida política local de algunos de ellos o de sus progenitores. Es sabido, en este sentido, que la mayoría de las familias navarras de abolengo apostaron por el liberalismo, como así ocurre en general con los representantes aristocráticos en el Club de Tenis. Dicha opción aparece también en los vínculos de muchos otros socios, así de los Gaztelu y los García Tuñón en el lado conservador, o de los Gastón, los Galbete o los Felipe, en el liberal. Pero lo cierto es que las preferencias carlistas también estaban presentes: casos reseñables son el de las hermanas Bazleztena, el de Francisco Errea, concejal, presidente de las Juventudes Jaimistas y diputado foral por Estella en 1919, o el de Víctor Martínez Lope-García, hijo del diputado foral Martínez Alsúa. Todo ello sin olvidar a los vástagos de Estanislao Aranzadi, cabeza del primer nacionalismo vasco en Navarra. Todo hace pensar que la política quedaba en un muy segundo plano en el Club, donde las relaciones sociales se anclaban en unos lazos de clase y estatus más sólidos y antiguos.

Quede para un estudio pormenorizado posterior la novedad más significativa del Club de Tenis, la extraordinaria presencia de mujeres, un rasgo que lo distinguiría de todos los demás clubes deportivos. Toca ahora reconstruir el pequeño relato de la vida del Club en el tiempo que transcurrió entre su fundación y el inicio de la guerra civil.

4. Crónica deportiva de un Club social

Tras la inauguración del campo de juego en julio de 1918, se pusieron en marcha varias obras de mejora. En 1919 ya pudo organizarse el primer Campeonato de Pamplona de tenis, llamado “Copa Ansaldo”, en el que participaron varios de los miembros de la primera junta directiva. Al frente de ella estuvo desde sus inicios y hasta 1924 el citado Jesús Jaurrieta, “alma del Club” y verdadero “Deux ex machina” de todas las competiciones y reuniones anuales28. Pronto, la gran afición de los socios permitió encuentros de varias modalidades -individual de caballeros y señoras, campeonatos dobles de unos y otras, y de parejas mixtas, además de los partidos de handicap (con ventaja)- e incluso comenzó a acudir público a las competiciones, al precio de 1,20 pesetas en 1919, que pasaron a ser 3 en 192029. Sin duda, la difusión que comenzó a dar la prensa de las competiciones, como ocurría con los demás deportes, fue un incentivo para el creciente interés por aquel nuevo sport, aunque, quizá no por casualidad, no todos los periódicos locales le prestaron igual atención: Diario de Navarra (1903-…), cercano a la tendencia conservadora maurista, le dio una entusiasta bienvenida en incluyó en sus páginas todos los eventos relacionados con el Club, tanto las actividades deportivas como las veladas de sus socios; El Pueblo Navarro (1916-1931), portaestandarte del liberalismo local, le dio una cobertura incluso mayor, ya fuera en el epígrafe de la “Crónica deportiva”, ya en el de “Ecos de sociedad”; La Voz de Navarra (1923-1936), de filiación nacionalista vasca, también incorporó con simpatía todo lo relacionado con el tenis y con su club; sin embargo, El Pensamiento Navarro (1898-1988), órgano del carlismo, apenas se interesó ni por uno ni por otro, tal vez reacio a la modernidad que entrañaba el tenis y también al mundillo que se congregaba en torno a él.

El prestigio que iba adquiriendo el torneo de tenis en Pamplona comenzó a atraer a sus competiciones a jugadores foráneos, algunos incluso de fama nacional. En 1921, el Club recibió con honores a Manuel Alonso, campeón de España, recién llegado de Inglaterra. El Pueblo Navarro lo presentó como el “futuro campeón universal” y no escatimó en elogios: “Si hubiéramos de soñar en la constitución ideal para un jugador de tennis, no pensaríamos en otra que la suya: alto, membreño, con músculos de acero en piernas y brazos, que le facilitan las más violentas reacciones, con excelente vista…Todo lo reúne y todo lo ha sabido aprovechar”30. Ese mismo año participó otra figura nacional, Concha Liencres, quien acabaría ostentando el título de primera campeona de España y que en dicha ocasión acudió también con su hermano José Miguel, luego un asiduo participante en los torneos pamploneses. Una breve crónica del periódico madrileño La Época sobre los partidos benéficos jugados en Pamplona en ese año 21 a favor de los soldados navarros presentes en Marruecos, al poco de producirse el Desastre de Annual, resume en pocas líneas el pedigrí que rodeaba al Club pamplonés y su eco fuera de la provincia:

El espectáculo que presentaba el campo de tennis era precioso y a él concurrieron no solamente la aristocracia de Pamplona sino otras muchas personas que de San Sebastián y Bilbao habían llegado para presenciar los partidos. La simpatía personal de que disfruta el señor Jaurrieta hizo que se congregaran las mejores raquetas españolas. Los gastos ordinarios de los partidos fueron satisfechos por el organizador de la fiesta, don Jesús Jaurrieta. El conde de Guenduláin ha anunciado por telefonema a dicho señor el envío de 500 pesetas para aumentar la recaudación31.

La colecta ascendió a las 6.500 pesetas (una cantidad elevadísima). No obstante, aquel deporte de “pudientes” llevaba implícito un sesgo de distinción no sólo económico y social, sino también estrictamente deportivo: el carácter amateur de su práctica.

… así como en el fútbol se ha llegado a un mercantilismo indigno, en lawn-tennis existe esa santa pureza que no podrá ser vencida por rivalidades de Clubs ni por intromisiones de aventureros, ya que estas cosas, afortunadamente, no pueden tener cabida en nuestros raquetistas. No es extraño, por tanto, que el público se haya convencido de que una raqueta en manos de una mujer es el símbolo de la belleza y la salud, pues que quien sabe manejar esa raqueta, sabe cultivar un deporte, y lo que es aún mejor, sabe inclinar a los suyos para que sigan el camino de la educación física, regeneradora de las razas32.

Eran los primeros años de la andadura del Club, pero sus señas de identidad parecían claras: jugar por el placer que produce el juego mismo y cifrar sus beneficios en un objetivo tan altruista como mejorar la raza, al tiempo que se deploraban las servidumbres que acarrea el profesionalismo. Con ese horizonte se fue consolidando a lo largo de la década de los años veinte: para 1922 constaba inscrito en la Real Asociación de Tennis de España y sus campeonatos comenzaban a tener un carácter internacional. Si bien los primeros puestos los ganaban tenistas foráneos, todos ellos jugadores aventajados, lo cierto es que su presencia daba altura a los torneos y hacía las delicias de los socios. El tratamiento de los participantes siempre era de cortesía -señor/señora-señorita, don/doña- y los premios, además de copas deportivas, incluían objetos valiosos obsequiados por instituciones y personalidades relevantes33. Desde luego fue un objetivo del Club mejorar el juego de sus propios raquetistas, y es sabido que en algún momento se llegó a contratar al entrenador del Club Puerta del Hierro de Madrid y, algo después, al profesor J. Edward Luque34. De resultas de aquella preparación, algunos socios participaron en campeonatos cercanos, como los celebrados en Burgos o en Vitoria, y jugaron partidos amistosos con celebridades del tenis, como Raimundo Morales, “notable tenismen” (sic), con ocasión de su estancia en Pamplona en 192835.

En la citada década hubo dos nuevos presidentes: en 1924 fue designado Joaquín Elío Mencos, Marqués de La Lealtad y de Góngora, vocal en todas las juntas anteriores y gran aficionado al tenis, como su predecesor. En los años de su mandato, hasta 1927, hubo dos representantes del estamento militar (el citado Julio Masset y Quintín Chueca) y se tomó la decisión de suprimir temporalmente la cuota de entrada “con el fin de dar más animación al Club”36. Animar el Club pareció ser también uno de los objetivos principales del nuevo presidente de la entidad entre 1927 y 1930, Luis Ortega de Angulo, letrado de la Cámara de la Propiedad Urbana de Pamplona y presidente del sindicato mixto La Conciliación, con un perfil gestor más acusado. Bajo su presidencia se emprendieron mejoras para cuya realización se contrató un crédito de cuatro mil pesetas, al tiempo que se decidía “elevar la cuota mensual y las tarifas de juego de los socios para sufragar el coste creciente del arrendamiento de los terrenos del Ayuntamiento”37. Junto a ello, se quiso promocionar también la celebración de fiestas sociales, un distintivo del Club desde sus inicios. Pero, quizá, la medida de mayor trascendencia social, propuesta en la junta general de 4 enero de 1930 y aclamada por unanimidad, fue la de que en adelante pudiera haber dos vocales femeninas en la junta directiva de la sociedad. De aquella reunión saldrían las primeras elegidas: María Dolores Elío Mencos y María Rosa Huerta Huarte Mendicoa38. Con ellas daba inicio una nueva página en la historia del Club.

5. La destacada presencia femenina en el Club de Tenis pamplonés

“Por primera vez en la historia del deporte navarro, ha sido elegida una señorita para presidir un club deportivo. La distinguida señorita Dolores Elío es Presidente actual del Pamplona Lawn Tennis Club39. Así iniciaba su crónica el popular analista deportivo Jokintxo Ilundáin, quien no desaprovechó la ocasión para criticar veladamente al Club:

Quizá esté reservado a esta bella muchacha el logro del porvenir del tennis pamplonés (…). La vida constante del ‘Pamplona LTC’ (sic) ha sido y sigue siendo una sucesión de ya tradicionales fiestas, llenas de simpatía y distinción. Pero el tono social de este deporte ha limitado a un número selecto las probabilidades felices para el despunte de raquetas juveniles, capaces de nivelar su fama y la de su club a los progresos actuales de otras sociedades de tennis en ciudades de gran pujanza deportiva. / La intuición racial que todos tenemos para el juego de pelota es casi una predisposición favorable para que el tennis en Pamplona se practique briosa y notablemente. Esos mismos jóvenes (…) que todos los años juegan el campeonato navarro como fin único de sus actividades deportivas, deben sentir el estímulo de querer ser algo más que participantes en un solo torneo. Bien es verdad que casi todos ellos practican el tennis en el sentido de sport a ‘plain air’, pero una entidad como el Pamplona Lawn Tennis Club bien se merece un sacrificio de interés y constancia, que le lleve a conquistar risueños éxitos nacionales. / Las iniciativas de la nueva junta directiva, y en particular de esa damita (…) pueden lograr ese progreso bullicioso del tennis pamplonés, no con relación a sus fiestas y organizaciones acostumbradas, imposibles de mejoramiento, sino en el sentido de evidenciar a otros clubs valiosos la valía de los navarros para toda clase de deportes.

Todo hace pensar que fue la consolidación del Club y la mejora de servicios e instalaciones la preocupación principal de la nueva presidenta antes que un afán por cosechar éxitos deportivos. De su trabajo al frente de la entidad se hablará más adelante; ahora interesa sobre todo el hecho destacado de su nombramiento, “por aclamación”, según enfatizó la prensa. En ello el Club pamplonés fue un adelantado a su tiempo, aunque, de alguna manera, hizo confluir dos tendencias que estaban en el ambiente y que ya habían llegado a una pequeña capital de provincia: la creciente emancipación femenina y la expansión del deporte, dos fenómenos de un proceso más amplio de modernización social que acabarían retroalimentándose. Es indudable que la impronta de la I Guerra Mundial en la proyección laboral de tantísimas mujeres de la retaguardia tuvo también su eco en los países no beligerantes, adonde igualmente llegaron la relajación de costumbres y convenciones sociales abierta tras el conflicto40. Pero fue principalmente en los años 20’ cuando tomaron carta de naturaleza los cambios propiciados por la guerra y cuando algunas jóvenes de la burguesía protagonizaron una tímida feminización del trabajo, en tanto que las de mejor posición se hicieron cada vez más presentes en los espacios de ocio, donde el carácter mixto acabó imponiéndose mucho antes que en otros ámbitos41.

Dolores Elío Mencos pertenecía a la cúspide de ese colectivo de chicas de buena familia (en su caso, nobiliaria) que pudo disfrutar de las ventajas de las nuevas costumbres, sin por ello contravenir su condición. El retrato clarividente de las “señoritas” de los años veinte y treinta que dibuja Miren Llona42 nos permitirá saber más del elemento femenino del Club pamplonés. El primer rasgo que marcaba sus vidas era el horizonte de domesticidad: su destino era prepararse para ser una buena señora de su casa. “Trabajar, realizar una actividad remunerada en el exterior era la negación de la domesticidad, cualidad que, a su vez, representaba la esencia de la feminidad para las clases medias”. Tampoco era bien visto que realizaran estudios superiores, pues ello podría pervertir dicha feminidad “por contacto con el mundo público y por extensión con los hombres”. Lo suyo era cultivar una apariencia que mostrara su posición distinguida. Ciertamente, la liberalización que se abrió tras la Gran Guerra comportó cambios decisivos en la estética femenina, que aparcó el corsé, recortó las faldas y también la melena, y dio a las mujeres una libertad de movimientos desconocida hasta entonces. Las señoritas, siempre pendientes de la opinión ajena, debieron adaptar con cautela los nuevos aires sin romper las reglas del tradicional decoro. Su religiosidad, la de su entorno y las convenciones sociales les imponían, de hecho, una moral intachable que contrastaba con la permisividad de la que gozaban los jóvenes con quienes podían casarse. Para aquellas muchachas la soltería se convertía en un verdadero problema económico, dado que el matrimonio era el único destino que les reservaba su clase.

Es cierto que para entonces sus posibilidades habían empezado a ensancharse con el ejercicio de dos profesiones, la de magisterio y enfermería, redefinidas como “afines a la naturaleza femenina, aun cuando se realizaran fuera del ámbito doméstico”. También comenzaron a desempeñar como secretarias, aunque en este caso su emancipación se vio limitada por la imposibilidad de ascenso profesional. Con todo, sí hubo un espacio que rompió la estricta división de esferas púbica y privada, que separaba a hombres y mujeres, y fue el de la beneficencia y la acción social: siguiendo la estela de Concepción Arenal, cobró relevancia el ideal de “madre social”, cuyo trabajo fuera del hogar a favor de los más necesitados permitió a muchas señoritas y señoras de buena posición tomar conciencia de sus destrezas y del valor social de sus actividades, aunque su mirada fuera de “corte paternalista” y no cuestionara ni el orden social ni la dicotomía de género. El estudio de Llona aun dibuja dos perfiles más -los de la propagandista política y la “mujer moderna”-, pero quedan ya lejos del retrato de conjunto de las socias del Club pamplonés.

Salvo algún caso de socia muy joven, que figuró en el Padrón como estudiante, o en el de la propia Dolores Elío, que constaba como propietaria, todas las demás mujeres tenían como profesión “sus labores”. Ni siquiera a María Rosa Huerta, elegida en 1930 y reelegida en 1931, se le tuvo en cuenta su condición de pianista de gran nivel43. De hecho, de ninguna consta que tuviera estudios, y todas las que eran solteras, por lo demás, vivían bien en la casa paterna, bien con algún hermano, que era el cabeza de familia. Lo hacían, en general, atendidas por un servicio doméstico integrado por dos o más “sirvientas”. Tratándose de señoritas de la buena sociedad pamplonesa, la prensa dio noticia de sus viajes de veraneo, de su asistencia a bodas y pedidas de mano y de su participación en iniciativas de caridad y beneficencia.

Es de imaginar que en el horizonte vital de aquellas mujeres, cuyo divertimento principal era el paseo, las visitas, las fiestas familiares o el “abono al teatro en días señalados”, se vio como una oportunidad la práctica de un deporte elegante y moderno -lo jugaba la mismísima reina- y asimismo el encuentro con jóvenes de ambos sexos y de la misma clase social en un espacio al que se podía acudir todos los días y donde se escapaba un tanto al control paterno. Para las no tan jóvenes suponía también un nuevo “marco de sociabilidad informal” donde compartir gustos y entablar relaciones44. Flotaba en el ambiente una nueva sensibilidad que infravaloraba a la mujer ociosa y, por el contrario, alababa a la mujer activa. “Se ponía en cuestión la frivolidad, el aburrimiento y la pasividad sobre las que descansaba la vida de las jóvenes señoritas y se les proponía la incorporación al sentido de los tiempos modernos, adoptando un aire más comprometido, más protagonista y, en definitiva, más dinámico”45 , que el deporte, entre otras iniciativas, les podía reportar. Las mismas ciencias sociales, que comenzaron a desplazar “a la sabiduría tradicional o a la religión” y a constituirse “en una nueva fuente de autoridad”46, proclamaban las bondades del ejercicio físico para la mejora personal de hombres y mujeres y de la propia raza. El resurgimiento de la “dialéctica degeneración-regeneración” bajo la dictadura de Primo de Rivera convirtió al “cuerpo femenino en exponente de la reforma de las costumbres, la vigorización pública y la moralidad social”47, pero también “en terreno de confrontación política” y de intervención por parte de la Iglesia católica, para quien “el cuerpo femenino, en proceso de liberalización de los corsés físicos y mentales, pasó a representar la inmoralidad en sí mismo”, por lo que desplegó una larga campaña por la moralización del vestido de la mujer48.

Aquellas señoritas del club pamplonés hubieron de conducirse con prudencia entre los dictados de la estricta moral convencional, por un lado, y las consignas liberalizadoras de los higienistas o el ejemplo de mujeres más avanzadas en su conducta pública, por otro. Por suerte, la indumentaria que requería la práctica del tenis en aquel entonces vino a facilitarles las cosas:

Los conjuntos prácticos, alegres y sencillos, de una o dos piezas, de seda y tejidos lavables, constituyen el vestido ideal para el tennis. / No obstante, lo más práctico para el juego es el empleo de vestidos cuyo cuerpo esté fijo a la falda permitiendo así seguir todos los gestos sin interrumpir la línea. De una manera general, los vestidos deben ser suficientemente amplios para no impedir los movimientos, con faldas plisadas por grupos o en totalidad para conseguir la agilidad debida y con mangas bastante largas, provistas de puños “chemisien”. Los conjuntos de dos piezas se forman con falda y blusa, entrada o no en el cinturón, y con falda y “sweater” de lana, muy ligeros, garantizan contra los resfriados entre dos partidos. Las telas de seda y los “chantungs” lavables son muy indicados para el tennis, que reclama formas “chemisier” (La Voz de Navarra, 26-VII-1929)

Imagen 1

Fuente: El Pueblo Navarro, 30-VI-1927

El tenis lo proporcionaba todo: distinción y recato a la par que modernidad. Y ello lo supo ver con clarividencia la publicidad, que también se extendió como un producto de los nuevos tiempos. El anunciante de la viñeta que acompaña al texto probablemente no dudó a la hora de elegir el tipo de mujer que diera el máximo toque de prestigio y modernidad a la goma de mascar que trataba de vender: una señorita estilizada, en pose atlética activa, con el pelo corto, segura de sí misma y con determinación en el gesto. La jugadora de tenis era el ejemplo más atractivo de la emancipación femenina con galanura. El anuncio iba dirigido sobre todo a las féminas: “las nuevas técnicas gráficas y fotográficas permitieron a la publicidad convertirse en un medio visual con una influencia subliminal desconocida hasta entonces, de tal modo que (…) no sólo vendía a las mujeres publicidad de los productos ofrecidos, sino también imágenes de sí mismas. (…) Ya no se presentaba a la mujer ideal como tímida, delicada o sumisa, sino como vigorosa y sociable”49.

Es de pensar que aquellos rasgos modernos también caracterizaban a las citadas Dolores Elío y Mª Rosa Huerta, así como a las demás socias elegidas como vocales en las juntas de los años treinta: Mª Luisa Gasol, Elena Doria, Mª Paz Ciganda (desde 1933 hasta 1939), Martina Sánchez Doussinague, Concha Aguirre y Jesusa Aranzadi. Todas estaban llamadas a regentar el Club en un tiempo, el de la II República, de avances sociales y políticos incuestionables, y también de cambios decisivos para el futuro del tenis en Pamplona, pues fue entonces cuando las necesidades urbanísticas de la construcción del II Ensanche obligaron a trasladar el campo de juego a la actual ubicación en la calle Monjardín y cuando el Club se dotó de nuevos Estatutos (1933), en los que revalidó sus señas de identidad inequívocas. En este sentido habría que subrayar que, aunque el nuevo período republicano favoreció una popularización extraordinaria del deporte, siguió existiendo la tradicional diferenciación por clases sociales, manteniéndose el tenis como una actividad para las elites50. Las cuotas previstas en el nuevo reglamento así lo confirman: los socios de número habrían de satisfacer una “cuota de entrada de cincuenta pesetas los caballeros y veinticinco las señoras, y en concepto de cuota mensual, seis pesetas y tres cincuenta, respectivamente”51.

Para su nueva sede en los terrenos alquilados a Félix Maíz, quien actuó también como contratista, el Club contó con el prestigioso arquitecto pamplonés Víctor Eusa, entonces socio del Tenis y luego vocal de su junta directiva en 1934 y 1935. “El plan de obras era muy ambicioso. Contemplaba la construcción de cuatro pistas de tenis -aunque sólo dos de ellas tendrían las medidas reglamentarias-, un frontón, un chalet con sala de baile, bar y terraza, así como un espacio de aseos y vestuarios y varios jardines” 52. Las nuevas instalaciones fueron inauguradas el 15 de octubre, en una jornada que se inició de mañana con la bendición a cargo del sacerdote D. Antonio Añoveros (cuñado del socio fundador Félix Azagra y futuro Obispo de Bilbao) y con la celebración de varios partidos con raquetistas de los clubs de San Sebastián, Bilbao y Bayona, continuó por la tarde con una becerrada benéfica en la plaza de toros y, ya de nuevo en los locales recién estrenados, culminó con un “the” seguido de un baile en el chalet y terrazas de la sociedad53.

En los años siguientes el número de socios fue creciendo, se emprendieron nuevas obras y “comenzaron a practicarse de forma notable otros deportes como la pelota y el tiro pichón”54, de los que el Tennis Club sería un referente en décadas. No obstante, comenzaron los problemas económicos, pues el presupuesto total de las reformas arrojó un déficit de 3.745 pesetas: se informó a los socios en junta extraordinaria en diciembre de 1935 y se arbitró de modo transitorio un ligero aumento en las cuotas mensuales para hacerse cargo de la deuda55, pero el estallido de la guerra civil agravó sobremanera la delicada situación financiera del Club, ya que toda actividad quedaría suspendida durante tres años, al cabo de los cuales hubo de afrontar incluso su propia viabilidad.

A lo largo de 1939, la junta presidida por Dolores Elío, en la que también figuraban con peso decisivo desde 1933 el vicepresidente, Julio Maset, y el secretario, José Huarte Mendicoa, adoptó de urgencia distintas medidas, desde la emisión de un empréstito (en junta extraordinaria de 7 de mayo) hasta la cesión al contratista Maíz de los muebles e inmuebles que poseían en propiedad a fin de saldar la deuda, con idea de “seguir explotando los campos de juego por medio de una sociedad anónima llamada Parque del Príncipe” (en junta extraordinaria de 4 de junio)56, pero nada prosperó. En el acta de esta última convocatoria se hizo constar expresamente que D. Joaquín Doria (tesorero en anteriores juntas) y las señoritas Ascensión Martinicorena, Mª Dolores Castells y Trini Taberna se habían destacado “por sus atinadas observaciones”57. Con todo, en una nueva junta extraordinaria de 7 de octubre, se decidió que para resolver la gravísima situación por la que atravesaba el Club se imponía un cambio de directiva y su constitución “sin la representación femenina, tan necesaria y adecuada en época normal”. Terminaba así una experiencia inédita de dirección femenina al frente de un club deportivo y social, en cuyo desenlace pesaron, sin duda, los imperativos del nuevo tiempo político del franquismo.

Cabe reseñar que el problema acabó encauzándose dos años después con la compra de los terrenos e instalaciones por valor de 175.000 pesetas, para cuyo pago se autorizó a la junta a solicitar un préstamo bancario o a particulares. “Este patrimonio adquirido por el Club se incrementó con otros terrenos anexos a los comprados, que fueron cedidos de manera altruista por los socios fundadores D. Julio Maset (…) y Doña María Paz de Ciganda”, ambos también presentes en la directiva de 1933 a 1939, como se dijo58.

Separador

El Club de Tenis de Pamplona fue sinónimo de modernidad y distinción, de deporte virtuoso y amateur, de juventud acomodada y de fiestas llenas de glamour. En sus veinte primeros años no le afectaron ni la popularización de las costumbres y del ocio, ni la democratización de otras entidades deportivas; permaneció selecto y minoritario, con un perfil elitista. Podría decirse que reprodujo la secular diferenciación social, pero bajo un ropaje moderno. Aún así, la composición paritaria de socios y socias y la entrada de estas en la dirección del Club permitió un inicial protagonismo femenino, que dio cauce a las aspiraciones sociales y al compromiso de algunas de aquellas chicas, y las hizo caminar hacia una nueva autopercepción59. Fue, quizá, el rasgo más moderno de la práctica de un deporte en sí mismo también producto de un nuevo tiempo en los usos del ocio.


BIBLIOGRAFÍA


Notas

  1. 1 El artículo forma parte del Proyecto de I+D+i PID2022-138385NB-I00, financiado por MCIN/ AEI/10.13039/501100011033

  2. 2 Pierre Bourdieu: “Deporte y clase social”, en Materiales de sociología del deporte, Madrid, La Piqueta, 1993, pp. 63-64. Una reflexión sugerente en Roger Chartier y Georges Vigarello: “Las trayectorias del deporte: Prácticas y espectáculo”, Apunts d’educació física i medicina sportiva, XIX, 1982, pp. 289-305.

  3. 3 Bernardino J. Sánchez-Alcaraz: “Historia y evolución del tenis”, Materiales para la historia del deporte, 11, 2013, pp. 52-56.

  4. 4 Luis Enrique Otero: “Ocio y deporte en el nacimiento de la sociedad de masas. La socialización del deporte como práctica y espectáculo en la España del primer tercio del siglo XX”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 25, 2003, p. 169.

  5. 5 Bourdieu, “Deporte”, p. 64.

  6. 6 Antonio Rivero: Deporte y modernización. La actividad física como elemento de transformación social y cultural en España, 1910-1936, Sevilla, Wanceulen Editorial Deportiva, S.L., 2005, p. 65.

  7. 7 Rivero, Deporte, p. 55.

  8. 8 Guillem Turró y Conrad Vilanou: “El tenis: entre la modernidad y la postmodernidad”, Materiales para la Historia del Deporte, 10, 2012, p. 56.

  9. 9 Conrad Vilanou: “El deporte en el siglo XX: metrópolis, política y espectáculo”, Tebeto. Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura, 16, 2003, p. 265.

  10. 10 Luis Enrique Otero y Rubén Pallol: La ciudad moderna. Sociedad y cultura en España, 1900-1936, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018, p. 25.

  11. 11 Nota municipal al conserje del coso conminándole a que en adelante los que allí se acerquen “a jugar al lawn tennis o a aprender a montar en bicicleta satisfagan diez céntimos de peseta por persona y día”. Archivo Municipal de Pamplona (AMP), Sección de Fomento, Expedientes de la Comisión, 18-II-1916.

  12. 12 Buena parte de la información de este artículo procede del libro del Centenario, Club Tenis Pamplona: historia del club, Pamplona, 2018, coordinado por Izaskun Arricaberri, a quien agradezco toda su ayuda.

  13. 13 Tony Mason y Eliza Riedi: Sport and the Military: The British Armed Forces 1880-1960, Cambridge, Cambridge University Press, 2010, pp. 5, 15, 38, 43, 89 y 3.

  14. 14 Carlos Albillo: “Cuando los militares estaban en el centro de Pamplona (1871-1971)”, 2016: https://memoriasdelviejopamplona.com/2016/09/cuando-los-militares-estaban-en-e.html (1 de septiembre de 2024)

  15. 15 Ángel García-Sanz: “La influencia de la inmigración en el desarrollo demográfico de Pamplona, 1857-1910”, Príncipe de Viana, 181, 1987, p. 536.

  16. 16 Pío Baroja: La ruta del aventurero, Madrid, Caro Raggio, 1976, pp. 204-208.

  17. 17 Carlos Font: Los alemanes del Camerún. Implicaciones de España en la Gran Guerra (1914-1918), Madrid, El Autor, 2014; https://abueloaleman.blogspot.com/p/listado-alemanes-llegados-pamplona.html, 2014 (25 de julio de 2024), y https://patximendiburu.blogspot.com/2018/09/1916-alemanes-en-pamplona-1.html, 2018 (25 de julio de 2024).

  18. 18 Eduardo González Calleja: “El internamiento de los colonos alemanes del Camerún en la Guinea española (1915-1919)”, Éndoxa: Series Filosóficas, 37, 2016, p. 227.

  19. 19 Alejandro Pulido: Neutralidad en pie de guerra. El País Vasco y Navarra ante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Madrid, Sílex Ediciones, 2021, 113, 172-181.

  20. 20 En Club Tenis Pamplona se refiere que en dicha junta fue aprobado por unanimidad el ingreso como socios de los “Señores Alemanes Internados”, “estableciendo para ellos una cuota de ingreso de 12,5 pesetas y una cuota mensual de 5 pesetas” (p. 18).

  21. 21 Diario de Navarra, 6-VII-1918.

  22. 22 Para la identificación de los socios se ha cotejado el escueto listado de nombres que consta en el Archivo de la entidad con los Padrones Municipales de 1915, 1920 y, para casos concretos, 1935. También se ha rastreado su huella en la prensa, en los Anuarios Militares de España, en las Guías de Navarra publicadas por Ángel Saiz Calderón (1922, 1924 y 1929), y en bibliografía actual. Tras esta labor, han sido identificados 99 de los 101 socios citados.

  23. 23 Bourdieu, “Deporte”, p. 78.

  24. 24 Francisco Javier Caspistegui: “Deporte e identidad, o sobre cómo definirnos”, Historia y Comunicación social, 17, 2012, pp. 22-24.

  25. 25 F.J. Caspistegui y Santiago Leoné: Cien años de relación entre los navarros y el deporte (1901-2001), Pamplona, Eunsa, 2010, p. 80.

  26. 26 Bourdieu, “Deporte”, p. 79.

  27. 27 Bourdieu, “Deporte”, p. 67.

  28. 28 El Pueblo Navarro (21-VII-1922). La relación de todas las juntas directivas, salvo algún año concreto, se puede encontrar tanto en el Libro de Actas del Club de Tenis, custodiado en el Archivo de la entidad, como en el Archivo Real y General de Navarra (AGN), Expedientes de control administrativo de Asociaciones. Pamplona Lawn-Tennis Club, Gobierno Civil de Navarra, Caja 37713, donde también se conservan los estatutos de 1918 y 1933. Acerca de Jesús Jaurrieta, se sabe que participaba en torneos de fuera de Pamplona, como los que jugaron en el “San Sebastián Recreation Club” (La Correspondencia de España, 15-IX-1918 y Gran Vida, 1-IX-1923) o en el “Moncloa Tennis Club”, de Madrid (La Acción, 4-VI-1919).

  29. 29 El Pueblo Navarro, 19-VI-1919 y 20-VII-1920. Los socios no necesitaban entrada, pero debían llevar su distintivo. Sí podían adquirir para su familia bonos para todo el torneo por valor de 6 pesetas.

  30. 30 El Pueblo Navarro, 21-VII-1921.

  31. 31 La Época, 30-IX-1921.

  32. 32 El Pueblo Navarro, 19-VII-1922.

  33. 33 Por poner un ejemplo, en 1922 sólo en una de las modalidades la victoria correspondió a un jugador del Club -la señora Elío-. Los premios se distribuyeron del siguiente modo: Primer premio de caballeros para don J.M.F. de Liencres (copa Nuevo Casino); 2º premio para don Eduardo Teus (copa del Conde del Vado); Primer premio de señoritas para doña Josefa Gomar (copa del Casino Eslava); 2º premio para doña Dolores Elío (raqueta del Teatro Gayarre); Primer premio de parejas mixtas para doña Josefa Gomar y don Julio Fleischner (copas de la Diputación); 2º premio para doña Teresa F. Liencres y don Carlos Satrústegui (bolsa de oro del Gobernador Civil y tabaquera del Gobernandor Militar); Primer premio de dobles parejas para don Juan Claudio Güell y don Antonio Satrústegui (copas del Ayuntamiento); 2º premio para don Julio Fleischner y don J.M. Fernández Liencres (pitilleras de plata del Nuevo Casino). Información de El Pueblo Navarro (22-VII-1922).

  34. 34 Club Tenis Pamplona, p. 19, y Diario de Navarra, 17-V-1929.

  35. 35 Diario de Navarra, 17-VIII-1922 y 4-VIII-1932, y El Pueblo Navarro, 7-X-1928. La Voz de Navarra relataba dos años antes la presencia del citado Raimundo Morales y de Eduardo Plaquer, procedentes de Barcelona: “Ambos señores son ganadores de varios concursos nacionales e internacionales, y entre otros participaron en los matchs de la Copa Davis contra Argentina e Inglaterra, habiendo merecido la Junta del Club pamplonés muchos elogios por su decisión de invitarles” (27-VII-1926).

  36. 36 Libro de Actas del Tenis, Reunión de 1-VI-1924, p. 12.

  37. 37 Club Tenis Pamplona, p. 23.

  38. 38 Libro de Actas del Tenis, p. 16. Dolores era hermana de Joaquín Elío, segundo presidente de la entidad.

  39. 39 Diario de Navarra, 18-I-1931.

  40. 40 François Thèbaud: “Introducción”, en George Duby y Michelle Perrot (dirs.): Historia de las mujeres en Occidente, Madrid, Taurus, 1993, V, pp. 11-23.

  41. 41 José Javier Díaz Freire: “La reforma de la vida cotidiana y el cuerpo femenino durante la Dictadura de Primo de Rivera”, en Luis Castells (dir): El rumor de lo cotidiano: estudios sobre el País Vasco contemporáneo, Madrid, Marcial Pons, 1999, pp. 225-258; Guadalupe Gómez-Ferrer: “La vida privada en la España de la Restauración. ¿Es posible el ocio de las mujeres?”, en VVAA: Fiesta, juego y ocio en la Historia, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2003, pp. 321-346, y Ana Aguado y Mª Dolores Ramos: “La modernidad que viene. Mujeres, vida cotidiana y espacios de ocio en los años veinte y treinta”, Arenal, 14-2, 2007, pp. 265-289.

  42. 42 Miren Llona: Entre señorita y garçonne. Historia oral de las mujeres bilbaínas de clase media (1919-1939), Málaga, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, 2002. Las citas entrecomilladas en pp. 28, 29, 61, 247-248 y 107.

  43. 43 Diario de Navarra, 25-IV-1928 informa de un recital que ha ofrecido en el Hotel María Cristina de San Sebastián. En la crónica del evento subraya que la artista había conseguido el primer premio del Conservatorio de Madrid a la temprana edad de 13 años y que con posterioridad había estudiado con Alfred Corcot en París.

  44. 44 Gómez-Ferrer: “La vida privada”, pp. 342-344.

  45. 45 Llona, Entre señorita, p. 107.

  46. 46 Nancy F. Cott: “Mujer moderna, estilo norteamericano: los años veinte”, en George Duby y Michelle Perrot (dirs.): Historia de las mujeres en Occidente, Madrid, Taurus, 1993, V, p. 100.

  47. 47 Aguado y Ramos: “La modernidad”, p. 277.

  48. 48 Francisco Javier Caspistegui: “La resbaladiza arista de un monte erguida sobre dos abismos: mujer y deporte en España (1900-1950)”, Memoria y Civilización. Anuario de Historia, 7, 2004, p. 143.

  49. 49 Cott, “Mujer moderna”, pp. 104-105.

  50. 50 Fernando Estomba: Competir en años convulsos. Deporte, política y sociedad en Bizkaia durante la II República y la guerra civil, Bilbao, Artgerust, 2016, especialmente pp. 86-87 y 160-161 en lo que respecta al tenis y los intentos vanos de su democratización, y Santiago De Pablo: Gente corriente en tiempos convulsos. La vida cotidiana en el País Vasco, 1931-1939, Vitoria-Gasteiz, Betagarri Liburuak, 2023, donde se corrobora el avance de la práctica deportiva femenina, presente en deportes como el tenis, el atletismo, la natación y el montañismo (p. 144).

  51. 51 AGN, Expedientes de control administrativo de Asociaciones. Pamplona Lawn-Tennis Club, Gobierno Civil de Navarra, Caja 37713, Estatutos presentados el 11-VII-1933. El artículo 2º indicaba que “siendo su finalidad puramente deportiva, se prohibirá en los locales de este Club los juegos no autorizados por las leyes, las expresiones incultas e inmorales y cuanto no sea permitido por la más delicada corrección”.

  52. 52 Club Tenis Pamplona, p. 31.

  53. 53 Diario de Navarra, 17-X-1933. En AMP, Sección Ensanche, Legajo 62, nº 30, se recoge la autorización concedida por el Ayuntamiento pamplonés al Club para instalar un teléfono en sus nuevas dependencias.

  54. 54 Club Tenis Pamplona, p. 38.

  55. 55 Club Tenis Pamplona, p. 26.

  56. 56 Club Tenis Pamplona, p. 38.

  57. 57 Libro de Actas del Tenis, p. 32.

  58. 58 Club Tenis Pamplona, p. 40. A partir de entonces el Club se embarcó en una expansión extraordinaria, con la construcción de nuevas instalaciones, como el renombrado trinquete, y con la inclusión de nuevas prácticas deportivas, como el esquí, y en los años sesenta viviría su verdadera apertura a la ciudad.

  59. 59 Caspistegui, “La resbaladiza”, p. 173.